La crucifixión de Jesús de Nazareth (I)

La crucifixión era una forma ignominiosa y bárbara de pena capital que se practicó hasta el Siglo IV D. C. por los romanos, fenicios, persas, egipcios, griegos, cartagineses y judíos hasta cuando fue abolida por el emperador Constantino. Cicerón se refiere a ella como “Crudelissimum eterrimunque supplicum”, el castigo más cruel y atroz.

Los romanos aprendieron la técnica de los cartagineses que en sus métodos de tortura también incluían empalar, quemar vivo y ahogamiento. En general la crucifixión estaba reservada para esclavos, criminales, agitadores políticos, agitadores religiosos y alta traición. Los ciudadanos romanos eran excluidos, excepto por alta traición o delitos graves contra el estado. Las crucifixiones romanas fueron hechas por equipos especializados de cinco hombres experimentados; un jefe llamado el “exactor mortis”, que era un centurión y cuatro soldados, el “quaternio”.

Los evangelios dicen que en el huerto de Getsemaní, Jesús sudó sangre “cuando convirtió su sudor en grandes gotas de sangre”. (Lucas 22:42-44). La explicación más lógica de este fenómeno es la siguiente: la ansiedad mental severa debido a un temor profundo, premonitorio de grandes sufrimientos, activa el sistema nervioso para provocar una reacción de estrés de tal grado que causa hemorragia de los pequeños vasos de las glándulas sudoríparas que van afuera de la piel a través de los conductos del sudor (hematohidrosis). La hematidrosis es un reflejo de la severidad del sufrimiento mental de Jesús. Los efectos en su cuerpo fueron debilidad y una leve a moderada deshidratación causada por la ansiedad severa y la pérdida desangre y sudor. El paso siguiente fue la flagelación.

La flagelación, “flagellatio” fue un episodio brutal. Los efectos de la flagelación aparecen muy vívidos en el Santo Sudario mostrando lesiones profundas causadas por el látigo, “flagrum”, que contiene tiras de cuero con trozos de metal o hueso en los extremos. Jesús fue atado por las manos a un objeto fijo como un pilar, inclinado y luego azotado. El peso de los objetos metálicos o huesudos también llegaría a la parte delantera del cuerpo, así como a la espalda y brazos, penetrando en la piel y causando laceraciones. En el Sudario se cuentan más de cien latigazos. El evangelio dice que fueron cuarenta (Deuteronomio 25:3). Una contradicción? La respuesta es simple. El “flagrum” tenía tres lengüetas, cada azote causaría tres marcas de látigo y 40 azotes por 30 marcas serian 120 heridas o marcas.

La víctima, Jesús, caería de rodillas con cada latigazo, retorciéndose en agonía, levantándose a cada latigazo, hasta que ya no se puede levantar más. Habría actividad convulsiva, temblores, vómito y marcada sed. Los episodios de desmayo se asociaban a este tipo de flagelación. La sudoración excesiva ocurre, intermitentemente. El dolor severo asociado con lesiones profundas llevaría a un shock traumático (hipovolemia) por pérdida de sangre, sudoración y vomito. La severa golpiza de la pared torácica se transmite a los pulmones y promueve el desarrollo gradual de líquido alrededor de los pulmones (derrame pleural), generalmente unas pocas horas después de las lesiones.

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