Los jóvenes sí tienen por qué reclamar

No tiene antecedentes en Colombia una protesta más masiva, más larga en el tiempo y más extendida en el territorio que la del Paro Nacional que empezó el 28 de abril. Y es notorio que su sustento principal han sido los jóvenes, hombres y mujeres, en especial los de los sectores populares, pero también de las clases medias.
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Este paro es además la continuación del también muy fuerte de 2019, protesta que continúa por la irresponsable viveza de Iván Duque de burlarse de las peticiones ciudadanas. Cómo será la irritación, que la pandemia no pudo evitar que se expresara.

La primera causa de la vigorosa movilización juvenil son el desempleo, la pobreza, la miseria y el hambre. Entre enero y marzo de 2020, los jóvenes desempleados sumaban 2,6 millones, cifra que la pandemia aumentó en 431 mil, con un agravante: el 50 por ciento de los empleados son informales, con ingresos muy precarios. La mitad de ellos además está en la pobreza y la miseria, con las mujeres sufriendo por porcentajes mayores. ¡Y como el 31 por ciento de los hogares consume menos de tres comidas al día, son 3,9 millones de jóvenes, literalmente, aguantando hambre!

En la fuerte molestia de los jóvenes también cuenta que ellos saben que terminarán igual o peor que sus padres, a quienes les indigna ver sufrir de tantas maneras: desempleados, pobres, lesionados en su dignidad y en el inexorable rumbo hacia la peor condición, viejos y enfermos y sin ahorros ni pensión.

También subleva a los jóvenes que 4,2 millones de ellos sean ni-nis, que ni estudian ni trabajan, no porque no quieran sino porque no pueden. No estudian por falta de cupos en las universidades públicas y por no poder pagarse ni las más baratas de las privadas, que además suelen ser de la peor calidad. Y los de clase media que logran terminar sus estudios universitarios –porque entre los de origen popular ello es imposible– no consiguen emplearse, con el drama de los 387 mil jóvenes que le deben cinco billones de pesos al Icetex, el instrumento del Banco Mundial con el que les cambiaron el derecho a estudiar gratis –porque los derechos dejan de serlo si no son gratuitos–, por un crédito usurero.

Además llena de irritación a los jóvenes el sistema de salud, del que ellos y sus padres también son víctimas. Y también los moviliza saber del maltrato laboral a los 1,2 millones de médicos, personal de enfermería, camilleros, auxiliares, porque a esa edad la manipulación política no ha podido mellarles la sensibilidad social y política.

Y por supuesto que los subleva la gran corrupción de la clase política, experta en gobernar mal, contra el verdadero progreso del país –como elegidos o como nombrados–, pero con sus bolsillos repletos de los recursos públicos que les garantizan vivir mejor que los demás, a quienes el capitalismo de amigotes del país les niega la oportunidad de educarse, trabajar y prosperar, oportunidad que se supone es lo mínimo que un Estado de verdad moderno y democrático debe garantizarle a su población.

JORGE ENRIQUE ROBLEDO

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