Su majestad James Rodríguez

No ha habido en Colombia un jugador más importante en la historia del fútbol, como lo es James David Rodríguez Rubio. Por supuesto que sonó mal que él mismo en medio de la picardía que quizás se niega a abandonarlo; lo dijera en medio de esas entrevistas que tanto nos hacen sufrir por su dificultad para expresarse, pero esa es la realidad y sus haters colombianos muy bien lo saben, aunque no les guste reconocerlo.
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Ninguno había sido figura del poderoso Real Madrid como lo fue James recién llegado a Valdebebas, ninguno había sido goleador de un mundial como lo fue James en Brasil, y así pudiéramos seguir enumerando los logros y récords alcanzados por el cucuteño hasta el momento, sin contar lo que falta en por lo menos 10 años que le quedan de fútbol.

Su paso de niño por el Envigado, su aventura de adolescente en Banfield cuando aún lloraba por su mamá Pilar Rubio, su consolidación en Portugal al lado de otros grandes como Falcao y Guarín, hicieron de James un hombre fuerte, maduro y que se ha ganado todo con talento y con un don especial que Dios le dio, y el cual su familia supo entender desde aquellos tiempos en la otrora cancha polvorosa del barrio Jordán en Ibagué.

Hoy las cifras del ibaguereño por adopción hablan por sí solas. Tres partidos jugados, tres partidos ganados, en los cuales hizo gol y ha sido figura de su equipo el cual es líder de liga y muestra los dientes a los más grandes y de mayor tradición como lo es Manchester, Liverpool o Chelsea.

James está en su mejor momento, y su cara de felicidad al terminar los partidos lo dice todo. Solo necesitaba volver a ser él, el indispensable, ese en el cual su técnico Ancelotti confía como confió Pekerman en la Selección cuando la tuvo a cargo.

James llega a la fecha doble de la eliminatoria motivado, calientico y con ganas de callar bocas, aunque quizás ni a él le interese hacerlo, pues no necesita demostrarle a nadie lo que ya todos sabemos que es: un crack dentro y fuera de la cancha. 

JUAN MANUEL DÍAZ

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