Recuperar la confianza

Los graves riesgos que a los comentaristas de los grandes medios puede generarles el salirse de las pautas informativas que emanan de los cuarteles, e incluso a quienes trabajan con plumas fletadas por los sectores extremos de la derecha, han hecho que sucesos como la retención del general Rubén Darío Alzate, una abogada y un suboficial del Ejército generen torcidas coincidencias tanto en su calificación como en la interpretación de sus causas y efectos.

La primera coincidencia la dieron al calificar el hecho de ‘secuestro’, pese a que el Derecho Internacional Humanitario lo califica de ‘retención’. Lo más curioso es que los mismos militares, ante hechos parecidos aunque menos graves, han expresado su intención de acudir a los tribunales internacionales en busca de justicia. Sería bueno que aclararan en qué términos han formulado sus denuncias, si en los que establece la normatividad que rige en tales tribunales, o en los términos que les dictan sus propósitos de entorpecer los diálogos.

En segundo lugar, en relación con el estado de indefensión en que estaba el General, no han cesado de manifestarse algunas opiniones que lo ponen en el papel de gran filántropo, capaz de arriesgar su vida con tal de poder llevar algunas posibilidades de progreso a comunidades empobrecidas. Lo cierto es que las Fuerzas Armadas están comprometidas en los denominados Planes de Consolidación, a través de los cuales combinan su política de guerra con algunos programas de desarrollo, suplantando de paso a las autoridades civiles.

De todas formas, esta explicación es de las menos creíbles entre todas las que quieran darse, sobre todo teniendo en cuenta los rechazos que han tenido tales programas entre las comunidades campesinas.

Y en cuanto a los efectos, muchos de estos comentadores no se han referido a los que produjo el hecho, sino a los que sus patronos quisiera que se produjeran: cese unilateral del fuego y algunas cuantas concesiones más de parte de las Farc. Han olvidado que con la retención solo se incurrió en un hecho normal, aunque deplorable, cuando se está en medio de una guerra; que se pactó conversar en medio de fuegos cruzados; y que ninguna de las partes podría retirarse de la mesa de conversaciones, ocurriera lo que ocurriese en medio de la confrontación.

Santos era precisamente el que más defendía estas condiciones. Es él, entonces, quien debe aclarar por qué cedió al uribismo y a los generales y terminó poniendo en grave riesgo los diálogos. Al igual que muchos colombianos, las Farc sienten que su contraparte rompió la credibilidad en el proceso. Ojalá que no sean demasiado exigentes en los ajustes que ahora le reclaman.

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