¡Vaya democracia!

Recientemente recordábamos de Lincoln su célebre definición de democracia como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Lamentablemente, tal definición es solo una utopía: en la sociedad coexisten varias clases sociales, cada una con sus particulares intereses, antagónicos muchos de ellos, que hacen imposible constituir un gobierno que pueda estar al servicio de todos.

En la contradicción que hay entre burgueses y proletarios se da el mejor ejemplo. Los primeros quieren pagar salarios cada vez más bajos para elevar su margen de ganancia y los segundos exigen lo contrario para mejorar su supervivencia. Bajo estas condiciones, el Estado capitalista siempre se pone del lado de la burguesía, como se puso siempre del lado de los explotadores.

llevó a que Marx calificara al Estado como una máquina de opresión de una clase sobre su antagónica y a invocar la unidad de todos los proletarios del mundo para romper la opresión y poner el Estado al servicio de las mayorías, hasta que pueda extinguirse.

El gobierno colombiano alguna vez estuvo en manos de artesanos liderados por José María Melo, pero por muy poco tiempo. En otra ocasión, en las de Marco Fidel Suárez, hijo de una lavandera, pero al servicio de los terratenientes. De resto, han sido los terratenientes, industriales y financistas quienes han dirigido la política nacional, así se hayan presentado entre ellos violentas contradicciones, que nunca han versado sobre aspectos que pongan en riesgo su poder hegemónico.

Hoy encontramos, por ejemplo, a un presidente que defiende los intereses del sector financiero y transnacional y, en oposición a él, a un Centro Democrático comandado por terratenientes, mafiosos y paramilitares interesados, no en poner en crisis ese gobierno oligárquico, sino, específicamente, su propósito de terminar una guerra que hace difícil la inversión.

Por eso el Presidente habla de paz mientras circulan panfletos bajo diversas denominaciones, como el que propalaron las Águilas Negras en Ibagué, que amenazan de muerte a luchadores populares tan destacados como Nelson Lombana Silva, corresponsal del semanario Voz, al igual que a integrantes de importantes colectivos periodísticos como los de la revista universitaria El Salmón.

Hechos como este ya se han denunciado en muchas oportunidades, y la única respuesta de las autoridades ha sido la de que sus autores no son paramilitares, sino simple bandas criminales, como si las paramilitares no hubieran sido también bandas criminales, y de la peor calaña.

Al igual que aquellas, si estas son otras, a estas también se les ha encontrado su nexo vergonzoso con los estamentos militares; por eso, llámense como se les quiera llamar, son paramilitares que están al servicio de lo peor de las oligarquías.

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