El fracking, ¡qué horror!

Si le tememos a AngloGold Ashanti por el despojo a que nos someterá con la explotación aurífera de La Colosa y por el mercurio y el cianuro que utilizará en ello, preparémonos para el pavor que nos traerá la generalizada aplicación del fracking.

El fracking, o fracturación hidráulica, es una técnica que se utiliza desde 1980 para extraer de las rocas ciertos tipos de gases, a los que genéricamente se les denomina “no convencionales”, y que en particular reciben nombres tales como gas de esquisto, gas de lutitas, gas de pizarra, hidratos de metano, gas de lecho de carbón, etcétera.

La extracción se lleva a cabo mediante perforaciones que pueden superar los cuatro kilómetros de longitud, a través de las cuales se inyecta agua a alta presión para provocar la fractura de la roca, y arena para impedir que se cierre la parte fracturada. Lo grave es que con el agua y la arena se introducen hasta cuatro mil toneladas de aditivos químicos, algunos de ellos de gran volatilidad y de comprobados efectos cancerígenos, mutagénicos, de toxicidad aguda, etcétera, y de los cuales es imposible que no se presenten fugas, con terribles consecuencias para la fauna y la flora y afectaciones al calentamiento globlal 23 veces más graves que el producido por el gas carbónico, además de los riesgos sísmicos generados por las altas probabilidades de explosión que ofrece esta técnica.

Así las cosas, el panorama es bastante preocupante, y no es para menos. El cálculo de las reservas mundiales de este tipo de gases sobrepasa los 100 trillones de metros cúbicos, y el gran capital no puede renunciar a satisfacer su ambición con semejante botín. Pero las sociedades tampoco pueden resignar su destino. Tanto que en muchos lugares se han producido movilizaciones de rechazo tan grandes que han provocado medidas legislativas que prohíben el uso de esta técnica, como en Francia y Alemania, el estado de Vermont y 16 municipios estadounidenses más, o al menos la restringen, como ocurrió en Nueva Jersey, Nueva York y Pensilvania, donde fue suspendido su uso hasta tanto no se demuestre su inocuidad con el medio ambiente, o como en Sudáfrica, Quebec y Australia, donde las movilizaciones han logrado hacer aprobar moratorias a su aplicación.

Y en tal ambiente internacional, el Gobierno colombiano autorizó al gran capital el uso del fracking mediante “un reglamento técnico que incentive a la industria (bla, bla, bla), exija los mayores estándares de calidad (bla, bla, bla), estimule las buenas prácticas y proteja el medio ambiente”. Es decir, toda una autorización de muerte, acompañada con la más insulsa palabrería oficial. ¿Tendremos los colombianos algo para decir?

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