La esperanza llega a Grecia

La indignación que recorrió a Europa en años recientes, y ante la cual aún no se han aplicado remedios que vayan directo a sus causas, nos trae a la memoria las calles de Atenas, cubiertas a diario por marejadas de manifestantes que reclamaban soluciones al desempleo, a las altas tasas inflacionarias, a la insuficiencia en la respuesta del Estado, a los padecimientos de la población y, en general, a las deplorables consecuencias que había traído consigo un modelo neoliberal calculado para mantener estables los problemas sociales, mientras se incrementaban las tasas de ganancia del gran capital.

Tales manifestaciones parecían ser solo una repetida protesta ante tanto cúmulo de padecimientos, pero en verdad encubrían la búsqueda de un hecho nuevo, capaz de zarandear el estado de cosas existente y sacar de él lo positivo que pudiera haber en medio de tan aguda descomposición.

No fue una búsqueda en vano. En el fondo de cada sociedad yacen fuerzas que pugnan por salir a renovarla, y la griega no podía ser la excepción. En su seno estaba Syrisa, un partido que desde hacía algunos años venía buscando la interpretación más acertada de los problemas del país helénico y acumulando fuerzas en el movimiento popular para darles la respuesta más apropiada. Esas fuerzas fueron suficientes para que, este pasado domingo, ganaran una de las elecciones más importantes de la historia reciente, pues pueden servir para reencarrilar al país por la senda humanista, y no por la que señalan los egoísmos del gran capital, causantes de los destrozos sociales más significativos de que se tenga noticia.

Syriza obtuvo 149 de las 302 curules que conforman el Congreso griego, y el segundo en resultados, el partido gobernante Nueva Democracia, solo obtuvo 77. Esto hace relativamente fácil la realización de una alianza de bancadas, por ejemplo con el Partido Comunista, que obtuvo 15 escaños, y el Partido Socialista Panhelénico (Pasok), en cuyo haber quedaron 13 curules. Con tales aliados, Syriza controlaría el escenario político y colocaría al frente del Estado a Alexis Tsipras, un hombre de solo 40 años, bien conocido por sus posiciones radicales, pero que tendría que moderarlas en sus primeros meses al frente del Estado, mientras la experiencia y las condiciones que se vayan dando le permitan asumir en mayor profundidad los cambios requeridos.

Entre tales cambios no hay espacio aún para el socialismo. Sin embargo, esta es una opción que Grecia seguirá incubando, y de ella echará mano cuando la superación de los destrozos neoliberales, la maduración de las condiciones en el capitalismo y la elevación de la conciencia social así lo permitan. Mientras tanto, ¡Adelante, pueblo griego!

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