Para que la paz no dure

Parte de la salvaje oposición al proceso de paz obedece a la presunción de que, si termina satisfactoriamente, la ejecución de los acuerdos a que dé lugar le generarán unos costos tan altos al presupuesto nacional que obligarán al desmonte de batallones, reducción de tropas y desaparición de contratos, especialmente los relacionados con armamento y avituallamiento. A quienes han derivado utilidades de este tipo de contratos no les preocupan las tropas ni los batallones, sino que los contratos se les escabullan con el fin de las hostilidades.

Pero también se oponen a la paz los cientos de tenedores ilícitos de tierras. No olvidemos que las guerrillas nacieron como respuesta a la agresión gamonal contra indefensos campesinos para sacarlos de sus parcelas y se perpetuó con la incesante sumatoria de otras formas de inequidad social.

Pero los únicos enemigos de la paz no son los que están en el sector vinculados a contratos relacionados con la guerra o los acaparadores de tierras ni los beneficiarios de las demás formas de inequidad. También están allí algunos personajes que dicen quererla, pero que no solo no se comprometen a hacer desaparecer las condiciones que la dificultan, sino que promueven nuevas medidas orientadas al desarrollo y la competitividad de sus negocios particulares, que confunden con el desarrollo y la competitividad del país.

En este grupo parece estar el propio presidente Santos, a quien la paz se le presenta más como la oportunidad de competir por un Nobel, y menos como la solución al principal problema de 60 años. Por eso su resistencia a que los acuerdos sean ratificados mediante una Constituyente y su apoyo a medidas que dificultarán su posterior aplicación. Y por eso, también, su personal deseo de que Colombia sea admitida en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), una asociación también conocida como el “Club de los países ricos”, en el que solo se admite a los países que hayan renunciado formalmente a la aplicación de políticas proteccionistas y se comprometan a contribuir con la expansión del comercio mundial.

En concreto, para que seamos admitidos en tan selecto club, debemos seguir reduciendo los impuestos a los ricos a cambio de un más alto IVA, reconocerle el derecho fundamental de impuestos a los países de origen de la inversión de capitales y nivelar por lo alto la edad de jubilación de hombres y mujeres, entre otras linduras.

Esto no es más que seguir hipotecando la soberanía nacional a cambio de respaldos de exclusivo beneficio para las oligarquías y negar a la paz que se firme las condiciones necesarias para que sea realmente estable y duradera.

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