Reflexión electoral

El tímido reconocimiento que a las minorías étnicas les hizo la Carta de 1991 ha generado una nueva especie de políticos que se presentan como hijos de las comunidades esclavizadas traídas del África Negra, o de los pueblos victimizados por la conquista española.

Unos lo hacen porque, efectivamente, tienen en sus venas la sangre de tales antepasados, y otros, porque quieren almidonar su discurso a los ojos de sus potenciales electores, o porque buscan beneficiarse con las pocas reivindicaciones ganadas por estas minorías.

En este último caso hay un propósito de engaño que a la postre puede resultar inútil y contraproducente. Inútil, porque siempre será difícil encontrar quienes lo crean, especialmente entre las personas más enteradas acerca de sus reales ancestros y verdaderos hermanos, que son a las que se pretende engañar. Y contraproducente porque con tales argucias solo pueden hacer que su discurso languidezca en medio de la incredulidad.

Las zonas en que ser negro o ser indígena es lo común son de gran importancia en el país, pero comparativamente son minoritarias. En general, los colombianos somos una mezcla tan bien batida de razas que en casi todas partes resulta difícil establecer el predominio de alguna de ellas, por más que los rizos del cabello nos acerque a la raza negra, el volumen de los pómulos a la indígena o el claro de los ojos a la blanca.

Pese a ello, la Unión Patriótica sabe de la importancia que tienen los aspectos étnicos para las poblaciones minoritarias, pues detrás de ellas hay un universo de discriminación que las lleva a los mayores índices de pobreza en todos los órdenes.

De allí que tenga en su programa valiosas reivindicaciones para estas minorías, pero acompañadas de la clara advertencia de que será mediante su movilización organizada como se logrará conquistarlas, en lo cual hay coincidencia en la forma como el resto de la población puede conseguir las suyas.

Por eso lo más importante no es el trasfondo étnico, sino la postura que cada candidato asuma ante el orden social imperante; ante la paz, incluida la verdad, la justicia, la reparación y el compromiso de no repetición; ante los mecanismos de ratificación de los acuerdos de La Habana; ante los cambios democráticos y del sistema electoral; ante la justicia social, la soberanía nacional y alimentaria y la defensa de los ecosistemas; ante la corrupción, el patrimonio público y la privatización de las entidades del Estado.

Aspectos como estos, deberían definir el grado de aceptación ciudadana a cada uno de los candidatos, pues son de importancia cardinal para todos los colombianos, incluidas las minorías étnicas y, algunas veces, más para estas.

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