Crisis en la frontera

No debe haber sensato que ignore la grave crisis humanitaria por la que han tenido que pasar millones y millones de compatriotas de todas las épocas, contra los cuales se ha aplicado todo tipo de violencias y en cuya reparación no se ha visto solidaria la mano del Estado.

Tampoco debe haber quien en sus cabales desconozca que muchos de estos compatriotas se han visto obligados a salir del país, y hoy se benefician de la solidaridad de pueblos amigos que han abierto con generosidad su corazón para brindarles lo que su patria les negó.

Uno de tales pueblos ha sido el venezolano, y tal condición se ha evidenciado tanto en lo bueno como en lo malo. En lo bueno, al albergar a casi cinco millones de colombianos que no encontraron en Colombia los medios indispensables para al menos sobrevivir. En lo malo, cuando el albergado, convertido en vecino personal, comienza a dejar ver con sus virtudes todos sus vicios y defectos y a ser parte de las naturales discordias.

Pero, aunado a lo anterior, está el hecho de que, confundidos entre tantos compatriotas, hay un considerable número de ellos que no han llegado en inocente plan de supervivencia, sino movidos por el salario de bandas paramilitares que pretenden hacerle daño a la revolución bolivariana. De allí que los allanamientos que se han realizado contra ellos hayan dado cuenta de la tenencia de las más variadas prendas de uso entre terroristas, además de drogas, contrabando, víveres y medicinas acaparados, etcétera, ante los cuales ningún Estado, por democrático que sea, puede permanecer impávido.

¿Qué la reacción de Maduro ha sido exagerada? Puede serlo en la medida en que ha afectado de paso a muchas personas de bien, tanto nacionales como colombianas. Sin embargo, es lo que indica el sentido común que debe hacerse cuando se sienten pasos en la sombra que buscan ponerle zancadilla a los logros de un proceso que irrita a las oligarquías del vecindario tanto como a las locales, pero no porque tales logros sean malos, sino porque, siendo buenos, pueden generar contagio y empujar a sus masas hacia logros parecidos.

Esto es lo que explica las bravuconadas de Santos ante el momento traumático por el que están pasando unos colombianos a los que su clase social expulsó del país, tanto al olvidarse de su obligación como clase en el poder de proteger a los más necesitados, como al negarles, a sangre y fuego, toda garantía de participación en la vida política del país.

Y a todas estas, muchos se preguntan: ¿qué pasa en Venezuela? Deberían preguntarse más bien: ¿Qué nos pasa con Venezuela?

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