La paradójica guerra por la paz

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No pretendo, ni más faltaba, a quienes de manera generosa se tomen el tiempo de leer esta columna, sugerir votar por una opción u otra en el plebiscito de los acuerdos de La Habana. Pretendo simplemente, compartir la visión de un ciudadano común y corriente, que al igual que ustedes tiene dudas, anhelos y preocupaciones derivadas de lo allí acordado.

No pretendo tampoco atacar a Santos o Uribe, porque hacerlo sería jugar a que la paz les pertenece, y desconocería que si la paz se logra, será el reconocimiento póstumo a las víctimas, que de bando y bando, equivocadas o no, ya no están para disfrutarla.

Pertenezco a esa generación de colombianos que desde la adolescencia vimos cómo el potencial de muchos de nosotros se diluía en un país inviable. Se diluía en un país de extremos, de injusticias y de crueldad. A la generación que no pudo preservar el legado de sus padres y abuelos, porque intentarlo exigía obligatoriamente tomar partido por un bando o por el otro. Y esos mismos padres y abuelos se esmeraron en enseñarnos que más valía un Estado imperfecto, que una guerrilla perfecta.

Y ahora, con el jubiloso anuncio de que las negociaciones llegaron a su fin, y que la tan anhelada paz dará pronto su primer paso; antes de aceptar y celebrar que es el camino más civilizado por el que podemos transitar como sociedad, es necesario recordar y nunca olvidar a todas aquellas víctimas que dejaron guerrilla y demás actores derivados de su accionar e irracionalidad.

¿Será que la familia de doña Elvia Cortés olvidará el collar bomba con el que fue asesinada? ¿Será que los familiares de los 119 seres humanos masacrados en Bojayá hallarán sosiego en los acuerdos? ¿Será que los familiares de tantos secuestrados y desaparecidos, cuyo único delito fue nacer en Colombia, podrán llenar el vacío que la guerrilla les causó?

Para todos es claro que la guerrilla también puso víctimas, eso es innegable; pero la diferencia es que ellos tomaron la decisión de ponerlas. Las pusieron porque decidieron combatir las injusticias de nuestro país siendo aún más injustos, jugando a la revolución y pasando por encima de la institucionalidad.

Hoy, 50 años después y con casi 300 mil colombianos muertos gracias a su invento, consiguen algunas migajas de aquello por que lucharon y por lo que 40 millones de colombianos comunes y corrientes hemos pagado un altísimo precio. Lo más paradójico es que el país sigue siendo desigual, neoliberal y gobernado por delfines, viejos, pero delfines al fin. Luego de esta dolorosa catarsis, será necesario pensar y repensar lo que viene hacia adelante, y sin lugar a dudas, lo primero será entender que el acuerdo con las Farc no significa la paz, porque muchos de los hijos que engendró (movimientos guerrilleros, bandas criminales, paramilitarismo, narcotráfico y minería ilegal) ya se salieron de su control.

También habrá que asimilar que mucho de lo acordado está aún por construirse y que no será responsabilidad exclusiva de los gobiernos que vienen, sino que requiere del esfuerzo de todos los actores de la sociedad.

Reconozco que no será fácil ver a Timochenko, Iván Marquez y Romaña sentados legislando y opinando sobre lo divino y lo humano sin pensar por un instante, que meses atrás estaban fusil en mano, extorsionando, secuestrando y asesinando colombianos. Pero reconozco también que los prefiero allí y no en la insurgencia.

Será, sin duda, un alto precio el que pagaremos los ciudadanos del común para que la semilla de la paz crezca y se fortalezca; y lo más paradójico de todo es que nuestra democracia, esa misma que no pudieron derrotar con sus fusiles, será la que les permitirá o no, reintegrarse a la sociedad.

En nuestras manos está el arma más poderosa inventada hasta ahora por la civilización. El voto.

Votar es ejercer nuestro derecho a aprobar lo que nos gusta y vetar lo que no nos gusta. Votar, por la opción que más se ajuste a nuestros ideales, sea cual sea ésta, es lo que todos debemos hacer; y no sólo en el plebiscito, sino, y primordialmente en las elecciones presidenciales y de congreso por venir.

Nota al pie: Ahora que las FARC dejan el negocio de la minería ilegal, será que el Gobierno por fin hará respetar a la industria minera legal, que paga impuestos, cuida el medio ambiente y aporta al desarrollo? Ahí están gran parte de los recursos para financiar el posconflicto.

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