¿Si será que el pueblo es superior a su dirigencia?

En los períodos previos a cada elección, como el que actualmente se vive, vuelve uno a encontrarse en el mismo lugar común en el que caen todos aquellos que califican la dirigencia política, como si se tratara de gentes totalmente extrañas al país, distintas al resto de los colombianos y de diferente calidad humana, incluidos sus vicios y virtudes.
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“Los politiqueros esos, –dicen-, son una recua de mentirosos, tramposos y chanchulleros de la cual solo se exceptúa uno que otro”.

En cambio cuando se refieren al colombiano raso o del común, lo hacen llenos de ardor patrio aludiendo a su inteligencia, su fortaleza, su espíritu de solidaridad, su pulcritud y su grandeza: “el colombiano es, -afirman-, honesto, luchador y “berraco”, y recitan con gesto tribunicio la populista frase aquella de Gaitán: “el pueblo es superior a sus dirigentes”, seguro.

Sin que los que sorprendidos escuchamos tan rotunda sentencia, podamos entender cómo un pueblo tan inteligente, honrado, capaz, decente y valiente, en más de doscientos años de vida republicana, solo ha elegido a la mayor parte de su dirigencia política, de entre gentes sin capacidades ni talento, carentes de moral y sentido del deber, que poca diferencia hacen al actuar, entre lo bueno y lo malo.

Incluidos los electores de izquierda, de derecha y de centro y los abstencionistas e indiferentes de todo tiempo y lugar, sin que las ciencias que intentan explicar el comportamiento humano individual y de grupo, acudan en su auxilio para dar idónea respuesta a tamaña inconsistencia.

Y sin que se nos explique cuándo, cómo y por qué, el común comportamiento de ese extraordinario  colombiano, se tornó tolerante y laxo con las indelicadezas y las diversas formas que asume el delito, con las que hoy convivimos, libres de toda forma de crítica y censura social.

Hasta el punto de llegar a aceptar la violencia, el enriquecimiento proveniente del peculado, el narcotráfico o el terrorismo, en nombre de los dogmas y las ideologías como algo natural, y ver con buenos ojos el favorecimiento de algunos en detrimento del erario por su hermandad banderiza, y los privilegios burocráticos y presupuestales a los correligionarios como normales actitudes, y a ser tolerantes con los fraudes electorales, y con el nepotismo desenfrenado o el encumbramiento social de los agentes de las mafias para terminar mirando como lícitas sus dádivas, limosnas y colaboraciones para obras varias y campañas electorales.

Y considerar altruista, al que desde privilegiadas posiciones parlamentarias o sindicales, encontró la forma de sobrerremunerarse y/o pensionarse con abultada suma, luego de derrochar, dilapidar y trabajar poco, así se acabara la navegación por el río de la Magdalena, las vías, los puertos, los ferrocarriles, los hospitales y las escuelas públicas y se deterioraran las vías, los servicios de energía, agua,  justicia, salud, etc. Pues quienes así razonan no alcanzan a percatarse que la merma sufrida es la de la moral pública; que el mal es general y que ese cáncer ya hizo metástasis hasta en aquellos que pretenden cambiar las instituciones por la vía armada.

Corrupción, incompetencia, drogas, enriquecimiento ilícito, insensibilidad, que no son solo predicables de la dirigencia, sino una descripción de nuestra deprimente y generalizada situación que, “todos a una como en fuenteovejuna”, debemos empeñarnos en modificar si no queremos perecer como sociedad.

MANUEL JOSÉ ÁLVAREZ DIDYME-DÔME

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