¡“Qué viene el lobo…, qué viene el lobo”!

Como es sabido, Esopo fue un gran fabulista de una inmensa popularidad, nacido en Grecia en fecha que la historia ubica por los siglos VII y VI a. de J.C. y que terminó convertido en personaje legendario y de recurrente evocación, al punto que, por tal razón, hoy se dificulta precisar algún dato de su biografía, tanto que hasta el sitio exacto de su nacimiento en aquella península sigue suscitado dudas, pues ha sido ubicado en los más diversos lugares según sea la fuente que lo cita, tales como Sardes, Samos, Mesambria en Tracia y Cotidea en Frigia, pese a lo cual todos coinciden sí, al decir que fue un esclavo liberto, que luego pasó a servir al rey Creso de Lidia.
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Como se ve, lo único inequívoco es su origen griego, dadas las variadas alusiones literarias que de él se han hecho en la antigüedad helénica en las que figura citado por Heródoto, Aristófanes, Aristóteles y Platón, último de los cuales que incluso llegó a afirmar que Sócrates llegó a conocerlo tanto, que hasta aprendió de memoria sus fábulas y relatos. 

Los cuales lograron sobrevivir, gracias a que fueron compilados, tal como ocurrió con la llamada Augustana, fechada según algunos en el Siglo I, u otros en el V, y otras dos que la complementaron, llamadas la Vindobonense del Siglo VI y la Accursiana, al parecer del siglo IX.

De entre tan variados apólogos sobresale como uno de las más conocidos y evocados en todo tiempo y lugar, es el del ‘Pastorcito Mentiroso’, citado de manera frecuente pero de manera errónea, llamándolo como ‘el cuento de Pedro y el lobo’, por referencia al homónimo cuento musical de Sergéi Prokófiev, de cuyo texto extrajimos la tan conocida frase que sirve de título a este artículo, convertida en clara advertencia de grave amenaza pero con fundamento cierto y que hace parte integral de la historia de un joven pastor que mientras cuidaba su rebaño de ovejas en las cercanías de un pequeño poblado, se le ocurrió jugarle una broma a los vecinos del lugar, gritando a todo pulmón que había avistado un lobo y que por tanto sus ovejas corrían el inminente riesgo de ser devoradas, cosa que preocupó tanto a los lugareños, que se dispusieron a ayudar al necesitado cuidador a conjurar el peligro; pero al ir a verificar el sitio en donde aquel decía que había visto al peligrosísimo lobo, solo encontraron al joven pastor muerto de la risa.

Al repetirse el evento una vez más y en idénticas circunstancias, los vecinos, movidos por su solidaridad, fueron de nuevo en su auxilio, retornando enfadados con el alarmista por la reiteración de su mentira.

Pasados unos días, el lobo depredador sí apareció, esta vez de forma real y de improviso, a lo que el pastor volvió con sus gritos a invocar la ayuda de sus vecinos, solo que en esta ocasión ninguno atendió el llamado, imaginando, con razón, que se trataba de otra broma como las anteriores y decidieron no acudir en apoyo del pastor, finalizando el cuento con que el lobo se comió unas cuantas ovejas y se llevó el resto para su cubil, sin que nadie acudiera a defenderlas. 

En otras versiones más dramáticas de la misma historia, el lobo se come todas las ovejas e incluso devora hasta al propio autor del fraude.

Como se ve, se trata de una texto cuyo valor de enseñanza y significación, es la pérdida de la confianza y la credibilidad, debido al mal uso de la información o la mentira, lo cual puede llegar a conducir a la desprotección, al desamparo y al irreparable daño de quien realmente requiere de apoyo, pero finalmente no le llega, debido a que ante la reiteración de la falsedad y el engaño, se ha tornado reticente a escuchar, todo lo cual se condensa en la moraleja, que juzgamos propicia hoy para los tiempos de indecisión que atravesamos: 

“Nadie debe creerle a un mentiroso, ni siquiera cuando dice la verdad."

Si no, basta mirar lo acaecido en Venezuela o Nicaragua, sin dejar de pensar ni un minuto, a donde nos puede conducir el actual momento eleccionario de Colombia.

     1. ‘El lobo con piel de oveja’. Fábulas de Esopo, con moraleja y cuentos infantiles para niños.

MANUEL JOSÉ ÁLVAREZ DIDYME

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