Enfrentemos nuestra degradación cultural

¿Qué puede hacer que tres o cuatro seres humanos conciban un esquema para engañar a personas comunes e inocentes, hacerles que suban a un taxi con la mayor confianza, y una vez dentro de éste agredirles con fuerza para quitarles sus pertenencias, y si no acceden asesinarlas a cuchillo de la manera más bestial posible?

¿Qué puede hacer que tres o cuatro seres humanos conciban un esquema para engañar a personas comunes e inocentes, hacerles que suban a un taxi con la mayor confianza, y una vez dentro de éste agredirles con fuerza para quitarles sus pertenencias, y si no acceden asesinarlas a cuchillo de la manera más bestial posible? Este hecho, tan horrendo que parecería excepcional, es la norma de vida en ciudades como Bogotá, y si no termina con el desenlace fatal que tuvo el caso del agente de la DEA, es porque la mayoría de la gente ya sabe que resistirse significa la muerte. 

Insisto: ¿cómo llega una sociedad a albergar este tipo de comportamientos? La respuesta más simplista suele ser “la pobreza”. No tengo duda de que hay ciertos fenómenos de delincuencia que puedan ser producidos por la necesidad material. Pero el crimen descrito tiene un grado de preparación y logística que lo pone por fuera de esa categoría, y sus autores no tienen el perfil de quien roba para no morir de hambre.

Además hay en nuestra sociedad crímenes horrendos que no encuentro explicables ni por la pobreza ni por la desigualdad: ¿qué hace que una persona golpee y asesine con ferocidad a otra solo porque es hincha de tal o cual equipo de fútbol? No veo en tal conducta la presión de la necesidad, ni la ira de la desigualdad. 

Pero sí veo en ambas conductas un rasgo común, el cual, por cierto, percibo también en muchas conductas de menor brutalidad física, como la del conductor que atropella al peatón y además le insulta, o la del funcionario que se alza con recursos públicos. Veo allí, como veo en los crímenes horrendos, la marca de la más profunda degradación cultural. 

No sé cómo se haya originado ésta, ni tengo totalmente claro cómo curarla, pero sí sé con certeza que lo que estamos haciendo es agravarla. 

Tenemos orfandad de líderes admirables y dignos de imitar, no porque existan pocos, sino porque los que sí existen (que son muchos en la empresa privada, el campo, las artes, las ciencias, etc.) pasan inadvertidos, y jamás les veremos en aquellos medios masivos que se dedican a exaltar las acciones de asesinos como Carlos Castaño y Pablo Escobar, y que cada mañana, en la vulgar e insoportable radio juvenil y tropical, embrutecen a una nación que más que nunca necesita formarse.

ANDRÉS MEJÍA VERGNAUD

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