Año Nuevo, vida vieja

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Cada año que comienza es un buen momento para hacer balances y reflexiones de vida. Qué hicimos bien, qué mal, en qué podemos mejorar. Usualmente, lo utilizamos para hacernos promesas que luego casi nunca cumplimos, como dejar de fumar, hacer dieta, aprender un idioma, practicar deporte, en fin, casi todas las asignaturas que tenemos pendientes. Los propósitos son nobles y serios pero, al cabo de unas semanas, volvemos a lo mismo, la vida sigue igual.

El asunto no radica en falta de sinceridad o voluntad. No. Es cuestión de que es más difícil desaprender que aprender. Una vez nos hacemos con una forma de ser o actuar modificarla se vuelve algo severo. Y así como le ocurre a las personas le sucede a los pueblos, al fin y al cabo están conformados por personas. Colombia tiene varias asignaturas pendientes, cosas que hay que desaprender. En mi sentir la más importante es la de la violencia. Son muchos los años que llevamos con problemas crónicos de violencias y ello ha conseguido cincelar una personalidad nacional. Nos vamos con extremada facilidad a los puños, a las armas, al grito, a la ofensa.  No es del caso analizar por qué. Lo cierto es que somos así y que deberíamos cambiar esta manera de ser. Siempre me han impresionado las cifras sobre violencia homicida que tenemos en Colombia. A comienzos de los años 90 del siglo pasado llegamos a tener una tasa de 80 muertes violentas por cada 100 mil personas.  Algo escandaloso si tenemos en cuenta que para esas mismas calendas Brasil tenía 24.6, las Bahamas 22.7, México 20.6, Nicaragua 16.7, Venezuela 16.4, Argentina 12.4, Sri Lanka 12.2, Perú 11.5, Ecuador 11 y los Estados Unidos apenas ocho.

Con posterioridad a la Constitución de 1991 dicha tasa ha venido descendiendo pero aún sigue siendo alta. Según un Informe sobre Seguridad Ciudadana en las Américas, del Observatorio Hemisférico de Seguridad de la OEA, durante 2010 en Colombia se presentaron 37.7 muertos por 100 mil habitantes (17 mil 459 homicidios en total). Dicha tasa nos ubica en el octavo lugar entre los 34 países de la región pese a representar una disminución al compararse con datos de 2009, cuando se registraron 38.8 muertes por 100 mil habitantes (17 mil 717). Honduras con 81.9 homicidios por 100 mil habitantes fue el país con la tasa más alta de crímenes violentos. Le siguieron El Salvador (64.7), Jamaica (52.8), Venezuela (49.3 según datos de 2009), Guatemala (41.5) y Belice (41). Entre los de tasa más baja en América estaban Canadá (1.5), Chile (3.7) y Estados Unidos (4.6). Como puede verse, no obstante las mejoras, la tasa es elevada.

Qué podemos hacer para mejorar. Sin duda, se requiere un conjunto de medias que incluye cuestiones económicas, sociales y políticas, pero lo educativo y cultural resulta preponderante. Debemos aprender a vivir en desacuerdo, a tener ideas y visiones encontradas. No es posible que la menor discrepancia, como el costo de un servicio de taxi, termine en una riña o en un homicidio. Este podría ser un propósito colectivo para 2014. De allí la importancia de la terminación del conflicto con las guerrillas. Entre más pronto acabe más pronto comenzará el proceso de “desaprendizaje” de la violencia. Pero eso sólo no basta. Hay que ir a la escuela y a los colegios. Los problemas de “matoneo” que registran las instituciones educativas son una fotografía de la sociedad del futuro. Este es un desafío no sólo para pedagogos sino también para padres de familia y autoridades. La pregunta es si podemos construir una sociedad más pacífica y hacer de 2014 un año de inflexión y conseguir que desciendan los indicadores de violencia, para que no sea sólo un propósito de año nuevo, como dejar de fumar, bajar de peso o aprender un idioma.

GUILLERMO PÉREZ FLÓREZ

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