De la CIA y otros demonios

Llegaron esta semana a Montevideo (Uruguay) seis prisioneros de Guantánamo (Cuba), que pasaron diez años allí, sin una acusación formal y sin derecho a la defensa, sospechosos de pertenecer a la red terrorista Al Qaeda. El presidente Mújica no sólo los ha acogido, sino que ha hecho saber a EE.UU. que estas personas se podrán ir del país desde el primer día en que lo quieran. Washington quería que permanecieran en Uruguay al menos dos años.

El hecho coincidió con la divulgación de un informe del Comité de Inteligencia del Senado norteamericano, que revela las torturas practicadas por la CIA en Guantánamo, que van desde el ahogamiento, simulacros de ejecución, choques eléctricos en los genitales hasta la privación del sueño y la incomunicación. Toda una historia de violación de derechos humanos que constituirá durante muchos años una mancha casi semejante a la de Hiroshima y Nagasaki, por la perversidad y la degradación moral con que se ejecutó. Crímenes por los que, valga decirlo, no existe una sola persona condenada en EE.UU., a pesar de la evidencia existente.

La mayoría de los presos de ese campo de concentración, por no decir que la totalidad, fueron secuestrados por la CIA y llevados a la isla de forma clandestina, gracias al apoyo de gobiernos europeos, entre ellos los de Polonia, Italia, Lituania, Rumania, Suecia y Reino Unido. Una auténtica vergüenza para Europa. El informe tiene seis mil páginas, y apenas se han hecho públicas 528.

“Ninguna nación es perfecta”, ha dicho Obama al conocerlo… “Pero una de las fortalezas que hace a América excepcional es nuestra voluntad de afrontar abiertamente nuestro pasado, encarar nuestras imperfecciones, hacer cambios y mejorar”. Tanto el relato senatorial como las declaraciones del inquilino de la Casa Blanca están bien, pero no eximen que los autores materiales e intelectuales de esas torturas (incluido los responsables políticos) sean llevados a la justicia y condenados por sus crímenes, conforme a derecho. Un acto que enaltecería al pueblo norteamericano y reforzaría sus valores y mitos fundacionales.

Lo patético (aunque sería más exacto decir cínico) han sido las declaraciones de Dick Cheney, vicepresidente de George W. Bush, quien descalificó el reporte y dijo que los torturadores “Deberían ser condecorados, no criticados”. Igualmente, resulta patético que dichas torturas no hayan servido para nada, más que para manchar a EE.UU., ni hayan evitado atentado alguno.

La CIA ha sido responsable de atrocidades en casi todo el mundo, desde que se fundó. Es un poder que escapa al control del gobierno, y al del propio pueblo norteamericano. La prueba es que Obama no ha podido hacer realidad su promesa electoral de cerrar Guantánamo. Nadie sabe a ciencia cierta quién controla las actuaciones de esta agencia ni al servicio de quién está. Por eso es valerosa la senadora demócrata Dianne Feinstein, que ha hecho público el reporte, y quien en abril de 2013 pidió la liberación de 86 reos que hacía más de tres años contaban con el visto bueno de EE.UU. para regresar a sus respectivos países. Esta senadora es una luz de esperanza para los defensores de derechos humanos, y confirma el aforismo del poeta alemán Friedrich Hölderlin: “Ahí donde crece el peligro, crece también la salvación”.

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