La necesidad de cambio en Ibagué

Ibagué necesita un cambio. Esto es una verdad tan grande como el cerro de La Martinica. El desorden, la falta de planificación urbana y de organización del territorio, la captura del espacio público por el comercio formal e informal, y el deterioro estético son algunas de las manifestaciones visibles de una crisis profunda, en cuyo ADN están la falta de amor a la ciudad, el relajamiento ético, la quiebra del sector agropecuario y la violencia que se vive en el Sur del Departamento.

Comencemos por esto último. Un diez por ciento de la población tiene la condición de desplazada. Personas que han llegado en búsqueda de seguridad, expulsadas de sus municipios por el conflicto armado que hemos padecido durante medio siglo, el cual no debemos olvidar nació en el Tolima. Esta población es prácticamente refugiada y busca en Ibagué satisfacer necesidades de techo, trabajo y seguridad.

Pero a la ciudad llegan personas expulsadas no solo por la violencia política sino, también, por la crisis que vive el agro. La agricultura, el principal sector de la economía regional, es hoy el que menos crece. Entre 2000 y 2013 lo hizo a un promedio de 1.5%, mientras que la construcción lo hizo al 9.5%, el transporte y las comunicaciones al 4.5% y la minería y el petróleo 4.4%. El arroz y el café están dejando de ser nuestros signos de identidad. Ahora bien, cuando se examina el sector de la construcción se encuentra que Ibagué concentró el 90% de las licencias de construcción en el período 2007 - 2014. La pregunta es entonces: ¿De qué está viviendo la gente en al provincia? Todo esto explica el crecimiento poblacional de la ciudad musical.

Hay una crisis estructural muy fuerte en la provincia. En Ibagué, Melgar, Espinal y Purificación se concentra el 61% del PIB departamental. De los 43 municipios restantes, 29 tienen participaciones inferiores al 1%, según un estudio de Martha Delgado y Cristian Samir Ulloa para Fedesarrollo. La capital comienza a pagar su indiferencia ante la crisis de la provincia. Hoy es una ciudad con altos índices de pobreza. El 82% de la población pertenece a los estratos Uno, Dos y Tres. Tiene poca oferta laboral, de allí la desbordada informalidad. Prolifera la venta callejera, que introduce un componente de desorden vial, basuras e inseguridad, y ello contribuye a crear una situación crítica en materia estética. A pesar de los centros comerciales y los nuevos desarrollos constructivos, Ibagué es una ciudad fea, sucia y desordenada. Además, hay un detrimento progresivo de la seguridad.

Se necesita una revolución ciudadana para recuperarla. Esto no va a ser obra de una sola persona, tiene que ser un propósito colectivo. Todos tenemos que aportar si queremos una ciudad más amable y ordenada. Es preciso un renacimiento de las virtudes cívicas para rescatar la ciudad de las garras de la politiquería, la corrupción, la indolencia y la indiferencia. Todos tenemos que hacer un mea culpa. Se necesita un cambio de rumbo político y cívico. El próximo 25 de octubre deberíamos dar el primer paso. ¿Nos atreveremos?

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