Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 3, 13-19

En aquel tiempo, Jesús, mientras subía al monte, llamó a los que quiso, y se fueron con él.

E instituyó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios.

Simón, a quien puso el nombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo, y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó.

Palabra del Señor.

Gloria a Ti, Señor Jesús.

 

Meditación

Jesús convoca a los doce apóstoles por su nombre para formar comunidad y así hacerlos partícipes de su misión.

Al detenernos en el grupo de los doce nos encontramos con unos rasgos particulares. En primer lugar, la novedad del Maestro es que él elige; es él quien sale al encuentro de cada uno: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Juan 15, 16). La vida cristiana es una elección divina, es decir, es el Señor que nos llama, y mediante el bautismo somos incorporados a la vida de la gracia, somos llamados a entrar en comunión con Él.

En segundo lugar, es importante resaltar que la gracia del llamado no viene dada por méritos sino por misericordia; lo encontramos en la personalidad y el carácter de cada uno de los apóstoles. Todos ellos vivieron un camino de seguimiento y transformación; el evangelio nos da testimonio del camino de fe que tuvieron que recorrer hasta asumir con generosidad y radicalidad la misión encomendada. Y por último, el Señor llama para que estén con él y para enviarlos. Quién es enviado debe comunicar lo que ha visto y oído, es decir, se hace testigo del amor y la ternura de Dios.

Explicando el texto el Papa Benedicto XVI escribe: “Los doce apóstoles son, de este modo, el signo más evidente de la voluntad de Jesús sobre la existencia y la misión de su Iglesia, la garantía de que entre Cristo y la Iglesia no hay contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia. Y por tanto, no puede conciliarse con las intenciones de Cristo un eslogan que hace unos años estaba de moda: «Jesús sí; Iglesia no». El Jesús individualista es un Jesús de fantasía. No podemos encontrar a Jesús sin la realidad que Él creó y en la que se comunica”. Entre el Hijo de Dios, hecho carne y su Iglesia, se da una continuidad profunda, inseparable y misteriosa, en virtud de la cual Cristo se hace presente hoy en su pueblo”.

La conciencia de ser elegidos, amados y enviados por el Señor hace que también hoy nos sintamos responsables del anuncio del Evangelio en medio de los desafíos actuales que son exigentes; por ejemplo, la indiferencia religiosa, la costumbre en la fe que lleva a conformarse con una vida religiosa vaga, individualista y desconectada de la realidad y el ambiente consumista que pretende ahogar la sed de Dios.

Que cada uno de nosotros, en medio de los quehaceres diarios, podamos escuchar al Señor que nos llama y nos inquieta. Seamos testigos del Señor, proclamemos que hemos conocido y vivimos los valores del Reino de Dios; no nos avergoncemos de la gracia de conocer, amar y seguir al Señor.

Animémonos a vivir la experiencia de comunidad buscando que la unidad venza la división, la indiferencia dé paso a la caridad, y la alegría del evangelio restaure nuestra esperanza.

Arquidiócesis de Ibagué

Comentarios