Un dechado de virtudes en apuros

La reclusión domiciliaria decretada contra Uribe generó una calamidad emocional tan generalizada que casi no quedó sentimiento sin expresarse. Hubo quienes reaccionaron con angustia; otros, con desconsuelo; los de más allá, con desesperación; los de más acá, con desamparo; y seguramente, más de uno complementó su emoción con lágrimas.
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Hasta Uribe expresó su dolor; pero no por él, que ya mucho ha sufrido… por Nidia, su esposa; y por Tom y Jerry, sus hijos; y por todos los colombianos, que también hemos perdido en este dechado de virtudes a un asintomático hombre de paz, que además ha luchado con denuedo por nuestra salud, educación, techo, y todo esto también de forma asintomática, como su Covid-19, del cual saldrá, así lo deseamos, apenas merme el escándalo.

Contrastaron esos sentimientos con la alegría del resto del país, que cree haberse resarcido por las terribles horas que bajo el poder del hoy reo tuvieron que pasar, y que ahora esperan, por fin, poder volver a respirar un aire fresco, como de alta montaña; aire al que solo tienen derecho los hombres buenos, los que a nadie le deben nada, ni nadie les debe nada que no sea legal y justo; pero aire que al fin de cuentas no podrán respirar estando el perverso libre, robándoles el sueño.

Son sentimientos encontrados que retratan la polarización extrema en que está el país. Polarización que no autoriza a Iván Duque a tomar partido públicamente, y que lo haga en contra de otra rama del poder público, la rama jurisdiccional, al decir que no se explica sus decisiones, que cómo es que a Santrich le dan tiempo para volarse, y al virtuoso no; que cómo así que a otros criminales se les permite andar libres como si nada, ir al Congreso como si nada, legislar como si nada, y su admirado dechado de virtudes ni siquiera podrá salir a las puertas del Ubérrimo a defenderse. ¡Cómo así?

Pues Duque sabe bien las respuestas de estos cómos, pero especula con esa fementida ignorancia para despertar lástima, que entre más lástima haya, más ligadas quedarán a Uribe las huestes a las que engaña. Duque sabe que el tratamiento diferente a las guerrillas obedece a los acuerdos que firmó el Estado para poder desarmarlas. Sabe que Santrich está en manos de la JEP, que es jurisdicción distinta a la de la Corte, y que resulta de niños preguntarse por qué la una no hace lo mismo que la otra. Debería más bien confesar que lo que quiere es una reforma vengativa a la justicia que ponga a Uribe, el virtuoso, al margen de ella.

EL NUEVO DÍA

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