Ganar mayoría de edad para celebrar

Cada vez que triunfa la Selección Colombia, podría realizarse un estado del arte o estado de la cuestión, a partir de todas las columnas periodísticas que señalan el número de muertos y riñas que elevan los índices de violencia en el país, dada la euforia y consumo desenfrenado de licor, entre otros. Esto demuestra, que no se cuenta con la mayoría de edad, como lo plantea Kant, cuando de celebrar triunfos futbolísticos se trata. No entiendo las razones por las cuales, este tipo de eventos se convierten en lágrimas y enlutan decenas de hogares en el país, cuando se puede suscitar un efecto contrario, fortaleciendo los lasos entre familia y amigos.

Estoy segura que somos miles de colombianos, quienes nos consideramos afortunados cada vez que la Selección juega, porque se convierte en un motivo para abrazar, para reír, para besar, para ser feliz, para gritar al unísono, para cruzar los dedos, para suplicarle a Dios y agradecerle, para darle rienda suelta a la emoción que produce el partido y cada uno de nuestros admirados y reconocidos jugadores. Se siente fascinación cada vez que aparece en la cancha nuestro querido Falcao, dando muestras de grandeza con su sencillez y prudencia; el ejemplo con el interaccionismo simbólico tras el abrazo de James a su amigo, deseando en silencio el mejor desempeño durante el partido, la calidez de nuestros jugadores, que con grandeza convierten en arte cada pase del balón, eso, ya es ganancia.

Pero como el triunfo sólo es para un equipo, los críticos y las críticas no se hacen esperar, unos justos y otros desalmados, que bien podrían utilizar el evento para, como lo deben hacer los candidatos a cargos en el ejecutivo, que se aprenda a perder, cosa que no es fácil, pero que debe constituirse en enseñanza, como también se debe enseñar la felicidad.

Aquí recurro a Miguel Ángel Santos Guerra, cuando plantea que “Todo será para bien”, así como muchos viendo el vaso medio lleno, con una posición menos pesimista consideramos que “No hay mal que por bien no venga”, así salgan miles de opositores a esta postura, están en todo su derecho, como yo también lo estoy.

A pesar de que James ha dicho con tono suave pero contundente, que hay que “celebrar con mesura”, puedo citar el editorial del diario el Espectador del 18 de junio del año anterior, cuando nos unimos como país, alrededor del sueño futbolístico, pero que lamentablemente deja como testimonio: “las 3.000 riñas callejeras en la capital del país que dejaron un saldo de nueve muertos y varios heridos, al margen de las actividades delincuenciales cotidianas y de los crímenes pasionales. Esto sumado a la bicoca de 74 inmovilizaciones de conductores ebrios (después de tanta tragedia vivida)”.

Hoy, tengo que decir que nuestros jugadores merecen nuestro reconocimiento, que jugaron con un equipo de alto nivel, nada menos que con Argentina, y sin embargo, quedaron cero, cero. Para definir el partido nos ganaron por un penalti, cinco, cuatro, y aún cuando recordamos el “Colombia cinco, Argentina cero” la meta, el Mundial de 1994, no podemos olvidar: “los 76 muertos y los 912 heridos de aquella apoteósica celebración” como lo recuerda el periodista Mauricio Silva. Esa noche de 1994, la historia del fútbol colombiano se dividió en el antes y después, también dejó huella imborrable en el país, por el número de muertes, que han sido la constante en cada celebración, y por lo cual tendría que sentarse un grupo de expertos internacionales, y explicar las razones por las cuales, Colombia celebra los triunfos de la Selección, también con muertos. Habrá que madurar, porque de otra manera, muchos por el gran temor, consideraremos que, “no hay mal que por bien no venga”.

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