Lecciones libias para la idea democrática

Es recomendable no tragarse el cuento de que la caída de un tirano significa el fin de la tiranía. Y sobre todo, que personajes que un día son aliados y otro día enemigos de los Estados Unidos u otra potencia occidental, al modificar sus alianzas pasan de héroes a villanos. O viceversa. Independientemente del tipo de instituciones que construyen.

Gadafi es un caudillo matón. De esos que le meten miedo a la gente, se alían con ricos, regalan plata a los pobres para mantenerlos pobres y leales, y persiguen oponentes brutalmente. Pero era hace un par de años un hombre de confianza y hoy es la encarnación del mal para medio mundo. Y para ese medio mundo los revolucionarios del Consejo Nacional de Transición que reemplazarán a este personaje son ahora la esperanza. Entiéndase por ese medio mundo a una lista de países encabezados por el Reino Unido, Francia y los Estados Unidos, secundados rápidamente por diplomacias facilongas como la colombiana.

Pero, ¿cómo juzgar entonces a un gobernante (o a un opositor) como demócrata o tirano, con tanta hipocresía del poder? Lo mejor es partir del supuesto de que todo poder absoluto, de derecha o de izquierda, amarillo, blanco, negro o árabe, termina por convertirse en tiranía. Y desconfiar tanto de las democracias plebiscitarias, los Estados de opinión, las dictablandas y las revoluciones populares con sistemas de partido único; como de las monarquías, las teocracias o los sultanatos. A menos que haya sistemas de contrapeso no violento entre intereses, alguien terminará por decidir que su interés es la razón de Estado y justificará con ello crímenes y abusos de poder. Siempre en nombre del pueblo, la patria o la gente de bien. Por eso no hay mejor definición de democracia que poder desconcentrado institucionalizado.

Uno puede considerar que eso tiene dimensiones económicas (desconcentración de la propiedad o las utilidades), y entonces habrá una mirada de izquierda social en su visión de la democracia. O que implica desconcentración de las identidades, valores y estilos de vida aceptados, y tendrá cierta visión de liberalismo cultural. Pero en todo caso, es esencial a la democracia, una visión política de la desconcentración. Es decir, entender que nadie tiene derecho a quedarse en el gobierno indefinidamente, ni que una persona, partido o rama del poder público pueden ser todo el Estado. Y eso tiene que estar basado en reglas de juego que son aceptadas por distintos intereses.

Gadafi hablaba de la única verdadera democracia, porque juntaba miles de personas que, a sabiendas de que podían desaparecer si no le decían que sí a todo, pues le decían que sí a todo. Pero los rebeldes que se ven llegar son gente que vio cómo Gadafi estaba por caer, y dejando de lado a quienes proponían instituciones claras, se pusieron a buscar armas, las consiguieron, y están venciendo militarmente al régimen actual. Y aunque no haya claridad sobre las reglas con las que repartirán el poder, y claramente todo el que pueda intentará hacerse a una porción lo más personal o tribal del nuevo Estado, hablan de democracia.

Las Naciones Unidas han entendido que el poder legítimo en últimas tiene que contar con un ejército. Y ha tratado de hacer de los rebeldes coalición entre ejércitos internacionales e internos, y espera rápidamente acordar instituciones democráticas. Pero esa voluntad no parece muy clara entre sus aliados milicianos. Se ven pocas evidencias de ánimo democrático. Poco de instituciones claras y desconcentradoras.

ÓSCAR SÁNCHEZ

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