Santofimio, un símbolo

Venir ahora a darle hacha al árbol caído podría parecer oportunismo.

Si no fuera porque toda la vida he dedicado diatribas al señor Alberto Santofimio en estas mismas páginas, y siempre evité a sus colegas políticos. Los restos de sus antiguas redes siguen pesando en la cultura del poder de los líderes tolimenses, y eso nos sigue saliendo caro. Y por eso, develar su pasado es importante para nuestra región. Como se dice ahora: necesitamos memoria histórica y verdad jurídica si queremos llegar a la reconciliación.

Si Alberto Santofimio estaba interesado en que Luis Carlos Galán fuera asesinado, o si estaba dispuesto a mandarlo a matar, es algo que por supuesto, no me consta en lo personal. Pero supongo que la Corte Suprema de Justicia falla con base en evidencias, y asumiendo entonces su culpabilidad, su condena me parece importante para el país.

Pero aún si Santofimio no hubiera decidido la muerte de Galán, sus andanzas merecen mención. A quienes nos criamos durante la generación del narcotráfico, nos constan cosas graves y generalizadas. Santofimio es un caso emblemático, no una excepción. Una horda de personajes deciden aliarse con asesinos narcotraficantes, ensalzarlos, ser íntimos de ellos, protegerlos y ser sus mandaderos a sueldo. Y sostienen que eso es ser pragmáticos, y no los convierte en cómplices de sus orgías de sangre y destrucción. Que uno puede emborracharse con matones y estar al tiempo bien conectado en todos los círculos académicos y sociales y posar de demócrata. Porque ellos, estadistas y asesores ilustrados, lo que hacen es reconocer que esos poderes son los que existen, no crearlos. Mejor dicho, que todo vale cuando se trata de perseguir lo que uno quiere, si uno es el poder.

Son centenares. Políticos, militares, empresarios y otros sujetos poderosos que terminaron enredados en redes mafiosas, y por ese camino en magnicidios, masacres, desapariciones, desplazamientos masivos y múltiples atrocidades. Y me duele que una de las condenas ejemplares caiga en un tolimense. Pero hay que reconocer que, así como al Caribe, a Antioquia y a los Llanos Orientales, aquí nos ha tocado asumir lo nuestro en materia de  nexos entre mafia y política.  Y ahora, reconocer que precursores de ese maridaje nefasto como Santofimio, usaron nuestra región para fortalecerse políticamente. Y que lo lograron con el apoyo de la mayoría de nuestra gente. Todavía recuerdo estar en una plaza de toros en Chaparral y ver llegar a este señor en un helicóptero, haciendo aspaviento ante miles de personas del uso de un aparato que todos sabíamos que pagaba la mafia. O verlo pasándose Whisky por toneles con una corte de sardinitas y calanchines, en cualquier sitio a donde uno coincidiera con ellos.

A los amigos de personajes como Pablo Escobar o Eduardo Restrepo, es bueno irlos viendo como parte de su mafia. Por eso, no deja de ser grato que se haga justicia con privilegiados del poder, que se han aliado con asesinos.  Y a aquellos allegados nuestros que conservan deudas de gratitud por algún favor político recibido, vale la pena decirles que la lealtad personal está bien, pero que las figuras públicas tienen una responsabilidad superior en respetar los derechos humanos, el interés general y las leyes. De modo que hay que asumir reflexivamente las decisiones institucionales que nos alertan sobre la crisis moral de nuestros dirigentes. Aunque eso implique aceptar que nos hemos equivocado en la construcción de esos liderazgos que os guían.

Óscar Sánchez

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