Patrimonio desechable de la humanidad

Después de la euforia de dejar un año atrás y celebrar que estamos vivos para enfrentar el nuevo, cae uno en la horrible cotidianidad. Y con “guayabo” de tres pisos.

Así logra descubrir que todo continúa como si nada, menos pesos en los bolsillos porque la euforia consumista nos llevó a gastar como si el nuevo año trajera un cheque en blanco para seguir la vida, que los cobros llegan sin el menor retraso, hasta con amenazas si no se cancelan a tiempo, los compromisos son ineludibles y los ingresos los mismos. O casi los mismos.

Todo comienza con el decreto del salario “mínimo”. ¿Quiénes pensaron que si uno llega a la pensión debe ganar menos que los demás? ¿Cuál sería la filosofía de esa ley? Tal vez sea buena para países donde los ciudadanos tienen resueltas sus necesidades básicas.

Pero en este moridero gobernado por corruptos, no alcanza la vida para lograr la estabilidad y, ya ancianos, debemos seguir contribuyendo al bienestar de la familia, como pagar arriendo o comprar mercado.

Cuando los omnipotentes gobernantes decretan el salario “mínimo”, definen la suerte de millones de ciudadanos. Y para quienes hemos logrado el privilegio de una pensión (porque para Colombia no es un derecho) se decreta la mitad de ese incremento para nosotros. Y no hablo de los magistrados y congresistas, cuyas pensiones pertenecen a la fábula o a lo inimaginable o a lo más aberrante que se puedan imaginar.

Así que el pensionado, el común y corriente como yo, debe ser tan espiritual que no necesite alimentarse ni divertirse, no debe compartir con hijos y nietos, y su mesada debe ser cada año menor, con pronóstico de extinción, y ojalá desaparezca lo más pronto posible.

El año anterior, el que celebramos que se acabara, le escuché a la señora Christine Lagarde, abogada y política francesa, flamante directora del FMI, que los pensionados en el Mundo somos un peligro para la estabilidad de las naciones. Hay que acabar con ellos, más o menos.

Por un lado recibimos cada año menos y por otro somos despreciados por la sociedad. Viejos pecuecos dirán por ahí. Ya no somos el cúmulo de experiencias y conocimientos que para la antigüedad era los sabios de la comunidad. Hoy somos desechables porque la experiencia como los conocimientos están en una memoria de computador.

De ser patrimonio inmaterial de la humanidad hemos pasado a ser Patrimonio Desechable de la Humanidad, según Lagarde. Y según nuestro gobierno, creador de la ley que nos disminuyó el ingreso.

Pero, eso sí, debemos pagar impuestos, salud (para que se enriquezcan las EPS y nos aniquilen con medicamentos inservibles), servicios, y declarar al Dane que nuestra miseria es producto de la imaginación.

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