Llegan borrachos

Es verdad. Llegan los borrachos con una carga inmensa de imágenes y explosiones de color escritas. Aunque mejor sería decir llegan los “Poemas borrachos”, título con el cual el pintor y escritor Pastor Polanía irrumpe de nuevo en el panorama literario con un nuevo libro de poemas.

Precisamente un poemario con este insólito título para un libro de poemas.

Pero es cierto. Uno se emborracha de imágenes y de sensaciones que nos hacen acoger la propuesta estética de este empresario que ha colgado las muletas y las sillas de ruedas para ejercer la pintura y la escritura en toda su dimensión.

Pareciera que Pastor quisiera ejecutar el milagro de pintar un poema sin pintarlo o, más bien, describir escenas y mundos oníricos como si los pintara.

Y, al mismo tiempo, poetizar el mundo de los colores y las sensaciones con el que vive cada día dando testimonio de su existencia.

Detrás de las botellas y las copas, delante de una mujer sin rostro, Pastor se la juega para desbordar de representaciones cargadas de luz esa angustia por la soledad y por la existencia, situaciones que se perciben como un hálito interior que se desdobla a veces en un estado de desolación frente a la ebria visión de la vida.

Con versos que van desgranándose a medida que fluye el color y la ebriedad, que los pinceles se trastocan en cuchillos y las copas definen horizontes, Pastor anuncia el advenimiento del cuadro en el poema.

Pues bien, no trato de explicar el libro, porque un libro de poemas no se explica, tendría tantas explicaciones cuantos lectores se acerquen a él y tantas reacciones diversas de acuerdo al acervo cultural de cada uno de ellos.

Tal vez lo que he intentado es contarles aquellas sensaciones que la lectura de los cincuenta poemas que conforman el libro me ha proporcionado y me han demostrado que en Pastor hay una sensibilidad cada vez más decantada, una sutileza con la que a veces nos acorrala y nos coloca en la conmoción que ha de producir toda buena poesía.

Ya Pastor nos había sorprendido con la publicación de sus libros “Gotas de agua en la sangre” (1999) y “El baile de las iguanas” (2003) cuya mirada personal ya anunciaba la conformación de una obra contundente.

Quienes han estado cerca de sus iguanas, ya saben del simbolismo que atraviesa su creación poética y pueden sumergirse en el mundo onírico y etílico que nos propone con sus “Poemas borrachos”.

Nacido en el límite entre el Tolima y el Huila, Pastor se formó con los opitas pero desarrolló su gesta vital, empresarial, en el Tolima.

Quizá sólo deba importarnos, en verdad, que sea un poeta y artista, nada más.

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