Una obra muy grande

Era apenas un adolescente cuando me radiqué en Bogotá con mi familia, ansioso por descubrir el mundo y leer cuanto me había sido negado en mi región natal. Quería ser alguien en la vida.

Corría 1964, las librerías Buchholz y Central acaparaban el interés de los amantes de la literatura y, de alguna manera, orientaban su clientela. También ese año inauguraba mi vida laboral como maestro de escuela al servicio de la Secretaría de Educación del Distrito Especial de Bogotá.

Fue en ese templo de las letras en la Avenida Jiménez, de varios pisos atiborrados de libros y al que sólo entrar inspiraba cierto temor reverencial, propiedad de Karl Buchholz, donde encontré un libro cuyo título me llamó mucho la atención, ‘El tambor de hojalata’. Era una novela y había sido escrita por Günter Grass (1927 - 2015), escritor alemán desconocido entonces para mí.

La novela había sido publicada en Alemania en 1959 y la traducción al español, que tenía en mis manos, la había hecho la editorial mexicana Joaquín Mortizen 1963.

Es uno de los libros que más me ha impactado y, de alguna manera, ha influido en mi vida de escritor. Ese chico Oscar Matzerath, recluido en un sanatorio psiquiátrico, recuerda la historia y va desmadejando con imaginación desbordada, al parecer propia de los esquizofrénicos, las peripecias de la guerra.

No sé qué me cautivó más, si la estructura utilizada o el hecho de la locura, la ficción y el establecimiento donde está recluido el narrador. De alguna manera esa fascinación se me reflejó en mi primera novela publicada, ‘La solterona’, por aquello de las explosiones histéricas de mi personaje o su reclusión entre las paredes de su casa.

Creo que por eso debo a Grass esa influencia para el ejercicio de mi imaginación. Uno no sabe a quién debe tantas cosas que lo definen o se reflejan en nuestros actos. Esta es una de mis deudas con la literatura.

Por supuesto, nunca estuve con Grass y más allá de dos libros posteriores (‘El gato y el ratón’, 1969, y ‘Malos presagios’, 1992) no volví a tener noticias de él sino hasta 1999, cuando le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura.

El pasado 13 de abril supe de su muerte y sentí un súbito malestar, como ha de sentirse cuando deja la fila cualquier ser humano, más cuando él ha habitado nuestras entrañas con el silencio de los grandes.

Muchos son los que hacen alharaca y se descubren como nuevos amigos del muerto. Ya sabemos que lo usan para darse lustre, por su egoísmo insoportable.

Yo sólo quiero agradecerle a la vida haber podido leer una obra tan grande.

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