Cómo se hacen las cosas

Me perdonan si no vuelvo a hablar de los politiqueros, esa clase de individuos que nos embargan tantas horas a los columnistas y a los medios en general, unos engolosinados con sus actos y otros indignados de verdad con su existencia.

Estoy convencido de que nuestra fatalidad está en la clase política vergonzosa que nos gobierna. También en los que quieren continuar como si no nos diéramos cuenta de su cinismo.

Pero no lo vuelvo a hacer, no sólo porque hacerlo encarna un peligro en cuyo fondo está la creación de animadversiones y el nacimiento de enemigos que no entienden la discrepancia de conceptos, sino también porque se vuelve monótona la vida pues ellos nunca cambiarán y seguir martillando el mismo estribillo, lleno de improperios y verdades, carcome mi existencia y me quita la tranquilidad para hacer en verdad lo que yo quiero.

Claro que es casi como aceptar que el mundo es malo y que debemos convivir con la existencia de estos parásitos enquistados en el tejido social, viéndolos succionar nuestros recursos, soportando que mutilen nuestro futuro.

Callar sería cohonestar sus actuaciones, es cierto, pero hoy en día cualquier obtuso seguidor de ídolos se saldrá de su camino y querrá aportarle a su líder el silencio de sus contestatarios.

La verdad es que yo no tengo la arrogancia necesaria para decirles cómo se deben hacer esas cosas que ni yo sé cómo se hacen.

Tal vez pueda dar algunas indicaciones sobre cómo se escribe o cómo se pinta, que es lo que aprendo todos los días con las lecturas y el ejercicio permanente de la palabra, y lo haría con mayor solvencia, porque es algo en lo cual tengo alguna experiencia.

Engañar no es mi norte, por eso no puedo ser político.

Pero tampoco enseño lo que sé porque no tengo la paciencia necesaria, esa que tienen los maestros, para corregir una y otra vez, no desesperarme porque no se hagan bien las cosas, y por eso prefiero estar tranquilo.

Me morderé la lengua, detendré mis dedos ansiosos de teclado cuando los expresidiarios o los imputados por delincuentes sonrían hipócritas ofreciendo a los ignorantes el oro y el moro, el paraíso detrás de la papeleta aquella.

Doscientos años gobernando para su beneficio y nos van a decir ahora que ellos son la alternativa del cambio. El cambio que han practicado ha sido el de nombres, el de filiación familiar, pero nunca aceptarán que el cambio se refiere a las estructuras del Estado. Por eso son farsantes y su proeza de engañar a una nación es crimen de lesa humanidad.

Qué vaina. He terminado hablando de ellos. En realidad, aún no sé cómo se hacen las cosas.

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