Nuestro tiempo en un libro

Cuando uno escucha que alguien se llama Aurelio de inmediato la mente convoca la imagen del emperador romano, al que apodaban El sabio. Marco Aurelio Antonino Augusto. Pero si le agregan el García, se entiende que se baja la importancia porque es un apellido muy común en España y América, aunque no tanto como los Rodríguez o los Sánchez.

A pesar de la alcurnia que le da Lorca, sigue el emperador por encima. Y como García es nuestro Nobel, sube escalones, claro. Y sube más si ese Aurelio es poeta y entonces el interés crece por conocer su creación poética.

Y si la poesía de este Aurelio contemporáneo nos habla de tú a tú, nos revuelve la identidad de época y de ambiente, entonces uno siente que está frente a un retrato que ese poeta ha hecho de nosotros para que el resto de la humanidad nos descubra, nos ilumine o nos descomponga.

Ese resto de humanidad son sus conocidos y nuestros conocidos, cuyo número es reducido, por supuesto, pero son humanidad de todas formas. No hay que creer en multitudes para nuestros libros.

Pues nuestro poeta es Juan Aurelio García Giraldo, cuyo poemario “Tiempo reunido”, acabo de conocer como una publicación de la Biblioteca de Autores Quindianos. Primero pensé en el emperador. Luego en Aurelio Arturo.

Este “Tiempo reunido” me recuerda los oficios discretos del hombre, que son la vida, de repente visibilizados en la literatura para asombro de sus lectores.

Poemario de lo común y corriente, conversacional, pues conversa con el lector de muchas maneras, algunas de ellas como queja, otras como abandono, algunas como soledad en medio de un tiempo que se va pero cuyas huellas permanecen. A veces grito.

Y conversacional también por el lenguaje que no demuestra ninguna grandilocuencia sino que, en secreto, tiene una filosofía de vida, una profundidad a la que nos invita a penetrar para identificar la condición humana.

“La casa de a poco es nada más que una abuela / un harapo que se va deshilachando / el muro en ruinas que resguardaba al patio / y de pronto ya no existe / devorado / como está / por la intemperie”.

Es como meter el pueblo y la ciudad dentro del libro para que en él empiecen a palpitar personas conocidas, rostros familiares, casas parecidas y uno que otro soplo de viento como si tuviera vida.

Pero, claro, muy en el fondo, en tantos pasadizos oscuros y calles destrozadas, va tomando forma la despersonalización del hombre, la preeminencia de las cosas que son vanas aunque necesarias en un mundo que se desintegra.

Bello aunque doloroso poemario, que siento muy cerca porque me habla de mi tiempo y recupera imágenes que ya pensaba definitivamente idas.

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