De nuevo el desamparo

Mientras en Medellín la poesía llena escenarios y la ciudad vive en función de las actividades literarias por cuenta del 25 Festival Internacional de Poesía, en Ibagué ni siquiera se logra que los poetas se acerquen a aportarle a nuestra ciudadanía su visión del mundo.

En realidad, este es el verdadero valor de estos intercambios.

Pero, claro, como no es un producto tangible, nuestros gobernantes, obtusos cuando no ignorantes, no ven el beneficio. Parecen no saber que nuestra vida va más allá de Gualanday o Cajamarca y que salir del corralito nos permitiría ver qué tan pequeños somos o qué tan mezquinos en esta supuesta democracia. O qué tan grandes, como nuestros artistas y poetas, que acá aplastamos con tétrica indolencia.

Como el beneficio no se traduce en resultados en el banco, casas, carros, fincas o en votos, menos se dan cuenta de que existen valores que no son bursátiles pero que son más importantes para que nuestro pueblo entienda que convivir en paz es un sentir, una actitud, una conducta, antes que una orden milagrosa.

El bienestar social es tan abstracto como la felicidad, que muchos dicen que logran pero nadie sabe cómo ni cuál el precio.

Por unos cuantos pesos, mucho menos de lo que invierten en celebraciones intrascendentes, hubiéramos tenido la oportunidad de escuchar poetas de variados países, alternando con los nuestros. Porque han de saber, queridos gobernantes, que en Ibagué hay poetas, reconocidos y premiados en otras latitudes, que aquí pasan desapercibidos, ignorados, maltratados por la indiferencia.

El intercambio se hubiera dado, como lo hicimos en otros años porque no es la primera vez que se plantea, si los burócratas y sus condiciones no hubieran impedido concretarlo para bien de nuestra cultura.

Lo más deplorable no es que se descubran pobres para apoyar estos actos e ignorantes de su trascendencia, sino pobres intelectualmente, incapaces de razonar y de entender que el arte es un fenómeno cultural de múltiples caminos y es la única memoria que queda del paso del hombre sobre la tierra.

Tal vez debamos repetirles que millones de gobernantes se olvidan mientras un artista y su obra puede ser el faro que ilumine la humanidad por muchos siglos. (¿Recuerdan a Homero? No el de los Simpson, de MattGroening, sino el autor de La Ilíada y La Odisea)

Nos cobija de nuevo el desamparo.

Nos toca repetirles también que la ausencia de políticas culturales definidas da origen al abuso, a la discriminación y al despilfarro del apoyo que, por derecho propio, debe recibir el artista.

Como corresponde a una sociedad civilizada en que el aporte nacional es para todos y no para el enriquecimiento personal de unos pocos.

Es un derecho. No una limosna.

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