Para leer nuestro pasado

Aceptar ser un pueblo bárbaro puede parecer cómodo para quienes nos miran como seres del tercer mundo, muchas veces inferiores.

Mas no hay que olvidar cómo se formó el primer mundo, con base en qué masacres, y con cuanta sevicia y cuántas crueldades se impusieron las ideas que hoy rigen la vida de la humanidad.

Sobre todo recordar que si nos trataron de salvajes no fue porque fuéramos cavernarios sino por la avaricia de los conquistadores que hicieron del aniquilamiento su arma implacable.

Pero la inmensa masacre perpetrada por España durante la conquista, no tiene parangón ni tiene nombre. Ni tiene nombre el caudal de sevicia e imaginación criminal con que los venidos del viejo continente arrasaron con los nativos de América para imponer su religión, su cultura y saciar su codicia.

No hay que olvidar cómo durante aquellos años, mientras los españoles mataban indígenas americanos, los católicos en Francia arrasaban con los hugonotes en la famosa “Noche de San Bartolomé”. ¿Alguno los trató de animales?

Pues esta reflexión me surge de la lectura de la novela “Tríptico de la infamia”, de Pablo Montoya, recientemente galardonada con el premio “Rómulo Gallegos” en Venezuela, y que trata de este choque.

La novela se centra en la obra de tres pintores que, de alguna manera, tuvieron contacto con aquella crueldad y la reflejaron en sus grabados y dibujos. Precisamente militantes del protestantismo. Son ellos Jacques Le Moyne, Francois Dubois y Théodore De Bry.

De los tres sólo Le Moyne vino en la expedición francesa que estuvo en La Florida y vivió en carne propia la brutalidad de los españoles, quienes persiguieron a los nativos por herejes y a los protestantes por renegados y enemigos de Dios.

Los otros dos artistas, también perseguidos, tienen contacto a través de los testimonios de los cronistas.

La novela es sumamente interesante porque permite variadas interpretaciones de nuestro pasado, porque hermana la crueldad de ambos continentes en una sola, porque no es más perdonable la masacre europea que la americana, y porque reconstruye con suficiencia literaria ese período oscuro de la historia de la humanidad, al mismo tiempo el impulso del desarrollo monumental de Europa con las riquezas saqueadas de este mundo recién descubierto.

La novela se toca en muchos aspectos con “El país de la canela”, de William Ospina, sobre todo en la intensidad de las descripciones y la atmósfera de la conquista, la relación entre el conquistador y el aborigen, aunque el lenguaje de Ospina es más ampuloso y poético y el de Montoya más directo.

Ambas, curiosamente, obtuvieron el mismo premio literario.

Novedosa por su estructura y su lenguaje, la novela ha de leerse por quienes presuman de conocer el mundo y su desarrollo.

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