Adiós a ese Mediterraneo

Han pasado ya tres meses desde que en la cumbre de la Otan, en Cardiff, Estados Unidos acordara poner en pie una coalición internacional para frenar al Estado Islámico (EI).

Los frutos de aquella iniciativa son insuficientes. Los bombardeos aéreos han logrado frenar el avance fulgurante de los combatientes del califato, que incluso han sufrido significativas derrotas parciales —el viernes, las fuerzas iraquíes recuperaron pozos petrolíferos en Baiji—; pero, en líneas generales, el EI ha consolidado sus posiciones. Y lo que es peor, está ampliando su influencia y fortaleciendo su tejido institucional. Por eso es especialmente alarmante el hecho de que organizaciones islámicas radicales en Libia y Egipto hayan jurado fidelidad al Estado Islámico. En primer lugar, porque no se trata de una franquicia como en el caso de Al Qaeda, sino de una integración real en la estructura de califato. Y en segundo término porque el EI extiende su influencia hasta orillas del Mediterráneo. En el caso de Libia, aprovechando una situación absolutamente caótica; en cuanto a Egipto, por las dificultades de El Cairo para controlar la península del Sinaí. Es necesario cortar de raíz ambos avances. Si el EI consolida sus posiciones, Europa tendrá a las puertas una terrible amenaza. La noticia de que el Estado Islámico ha decidido acuñar su propia moneda, basada en el patrón oro, no debería caer en el saco del anecdotario. En todo caso debería servir para hacer sonar más fuerte la alarma y forzar a los países que se han comprometido a combatir la amenaza islamista a cumplir su promesa. A diferencia de Al Qaeda —un grupo terrorista que admite bajo su denominación a cualquier individuo o grupo capaz de llevar a cabo ataques que coincidan con sus intereses—, el EI dispone, en las zonas bajo su control, de una auténtica estructura administrativa capaz de pagar salarios, hacer funcionar la burocracia, explotar pozos petrolíferos y vender sus derivados con éxito y, ahora, tratar de dotarse de su propio instrumento financiero. Su forma de actuar es sanguinaria y brutal, y a las miles de vidas segadas —lo principal— se une un daño irreparable contra el patrimonio de la humanidad con saqueos y expolios arqueológicos. Un mensaje muy atractivo para extremistas de otras latitudes que ven en el EI la plasmación de las promesas que llevaban escuchando durante más de una década. Europa estará bajo una inmensa amenaza. Miles de marroquíes y tunecinos llegarán a España. Italia verá llegar cientos de libios al igual que Grecia.

La antigua Yugoeslavia se poblará de más musulmanes, pues siempre es preferible tener hambre que morir. Ese mar que fue centro del comercio y la seguridad marítima gracias a Augusto y su “pax romana”, ha desaparecido y es hoy un mar envilecedor y africano.

ROBERT SHAVES FORD D.

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