Al socialismo latinoamericano, lo parió la derecha

En América Latina, especialmente en Nicaragua, Mejico, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, Brasil y Uruguay ( entre los más destacados) la izquierda y la derecha son diferentes de las que existieron antes de la caída del muro de Berlín. La izquierda, que seguía sentimentalmente unida a la utopía fracasada a principios de los 90, había perdido buena parte de su capacidad de influencia. La derecha aprovechó el espacio y se enraizó. Esto con un discurso de propiedad y orden, sin considerar que la propiedad es funcional a la libertad y sin preocuparse de que aquella se distribuya en lugar de que se concentre. Se transformó en la voz política de quienes amparan el abuso y las desigualdades.

Latinoamérica yacía cargada de urgencias mientras los gobiernos de derecha marcaban distancias abismales en el acceso a servicios públicos, respeto a derechos fundamentales y repartición de riquezas. Fue bajo gobiernos de derecha que los crímenes de género despuntaron y la homofobia se fortaleció. El racismo, especialmente a pueblos indígenas, se extendió como práctica generalizada. No existían políticas eficientes en materia de salud pública; el narcotráfico se trataba desde las esquinas; las desapariciones se institucionalizaron como herramienta para garantizar la seguridad y el orden social. Los índices de analfabetismo se elevaron. La protección ambiental no era considerada como un tema relevante en la agenda pública.

La derecha usó el poder para el beneficio exclusivo de la clase política de turno y eso, silenciosamente, iba fecundando al socialismo del siglo XXI. La derecha lo parió. Lo parió por autoritaria, y excluyente. Le regaló las bases de un discurso que usa la retórica de la democracia para violar los principios de la misma, tal como ella lo hacía con el liberalismo. Inevitablemente, la democracia liberal se devaluó.

Las crisis económicas y las necesidades latentes en Latinoamérica, acompañadas de un discurso enfocado en la soberanía de los recursos naturales y la reducción de la desigualdad social fueron factores claves para el cambio de tendencia en la región. Precios extraordinariamente altos permitieron que el mesianismo político de Chávez, Cristina, Evo o Correa (entre otros) encuentre asidero. Con ello invisibilizaron sus verdaderas intenciones, el poder ilimitado, proponiendo un sistema económico “Robin Hoodeano”, con crisis macroeconómica en el mediano plazo, que adolece de corrupción y que genera el nacimiento de nuevos ricos, los amigos del poder, los boliburgueses.

El socialismo del siglo XXI incluyó en su discurso la redistribución de las tierras con políticas absolutistas. Pasando de un extremo a otro y sin considerar prácticas participativas que analicen las realidades de forma pormenorizada, menoscabando los derechos individuales y colectivos. Una cadena de abusos con nombres distintos.

La derecha, antes de culpar al socialismo del siglo XXI por todo lo que hoy le sigue doliendo a Latinoamérica, debe asumir que dejó tan mal a los pueblos que gobernó como para que crean que estas revoluciones son la única solución. Debe entender que culpar a los nuevos, como estrategia de resurgimiento solo ahonda la ruina.

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