Cuidado con los deslices

A la todavía no superada crisis financiera internacional se le está añadiendo una inquietante turbulencia monetaria, cuyo desenlace dependerá de la prudencia de los dirigentes, su coordinación internacional y su acierto en soslayar el populismo.

El origen de esta volatilidad está identificado. El crecimiento económico en países emergentes clave se ha desacelerado, especialmente en China (mediante un aterrizaje suave), Brasil (con la irrupción de una recesión) y Rusia (por la crisis iniciada con la brutal anexión de Crimea). Y algunos países desarrollados, como los de la eurozona (o Japón), profundizan en su estancamiento, simbolizado en la reciente rebaja a la mitad del crecimiento previsto para su Estado locomotora, Alemania, y en el retorno de la asfixia financiera a Grecia.

El menor crecimiento de las economías energéticamente dependientes rebaja su consumo de petróleo. Y los países productores se han plegado a la estrategia saudí de no reducir su oferta en el mercado, ahora sobreabundante por esa menor demanda. Por ello su precio ha caído en picada. A lo que ha coadyuvado la pretensión de los países del Golfo de dificultar la competencia de las exitosas explotaciones norteamericanas de esquisto, cuyo umbral de rentabilidad se evapora si el carburante se deprecia hacia los 50 dólares por barril.

Al mismo tiempo, la política fiscal moderadamente expansiva de la Administración de Obama y la inundación de liquidez proporcionada por la Reserva Federal han cosechado unos resultados económicos extraordinarios en EE.UU. El desempleo ha caído al 5.5% de la población activa gracias a un potente crecimiento, que permite el augurio de un alza de PIB superior al 3% y quizá rayano incluso en el 4% para 2015. Esta singular bonanza, por más que esté asentada en revaloraciones artificiosas de activos que puedan haber incubado otras burbujas, ha cortado en seco su crisis y le ha devuelto a un crecimiento envidiable.

Pero en la misma medida de su éxito, la expansión monetaria que ha rescatado a la economía norteamericana empieza a dejar de tener sentido. Y así, expertos y mercados auguran una anticipación del final de la Quantitative Easing (expansión o facilidades cuantitativas) y un alza de los tipos de interés del dólar, lo que ha revalorizado súbitamente a esta moneda, disparando también la deuda empresarial en terceros países, provocando una semana negra en bastantes bolsas y anunciando mayor inestabilidad fuera de la potencia hegemónica.

Habrá que prepararse pues para una situación probablemente más volátil. Lo peor de estas es que el menor revés es susceptible de dañar a cualquier economía, más aún a las vulnerables y a aquellas que apenas inician su recuperación.

La experiencia indica que cuando los mercados se crispan generan efectos manada sobre los protagonistas más débiles o menos fiables, el pánico financiero y la ruina. Caiga la ira ciudadana sobre quien acaricie un desastre de ese género.

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