Un volcán en Europa (Segunda Parte)

Tampoco hemos logrado impedir que Arabia Saudita y emiratos afines sigan aprovechando sus petrodólares para financiar a la rama intelectual, por calificarla de algún modo, del movimiento yihadista. Los sauditas no son “Charlie”: sin que hayan movido un dedo los aguerridos defensores de la libertad de opinión que hicieron acto de presencia en París, siguen castigando a un bloguero con mil latigazos, cincuenta por semana, por “ridiculizar al islam”.

La pasividad de los políticos ni la gente de Charlie Hebdo ni el gobierno francés creían que los islamistas serían capaces de matar a blasfemos. Sabían que según su propio código de conducta se sentirían constreñidos a hacerlo, pero suponían que, por estar en Europa, se limitarían a formular algunas protestas verbales o, a lo sumo, atentar contra las oficinas del semanario. Acostumbrados como estaban a tomar la violencia sectaria por algo exótico que, si bien estallaba esporádicamente en Europa, no planteaba una amenaza muy grave, no querían adoptar medidas que podrían ocasionar alarma. Así, pues, los periodistas de Charlie siguieron mofándose de Mahoma sin que la policía francesa les brindara la protección que necesitaban, mientras que los políticos y referentes intelectuales galos, lo mismo que sus homólogos en el resto de Europa y Estados Unidos, continuaban procurando congraciarse con las crecientes minorías musulmanas afirmando que la suya es una “religión de la paz” y que no hay vínculo alguno entre el islamismo y el islam.

Por desgracia, las cosas nunca han sido tan sencillas. Lo entiende muy bien el presidente egipcio Abdul Fatah al-Sisi que, días antes de los atentados en París, pronunció en la universidad cairota de Al Azhar, una suerte de Vaticano sunnita, un discurso realmente extraordinario en el que advirtió a los clérigos y estudiosos reunidos que, al entregarse el islam a una orgía autodestructiva, se ha convertido en “una fuente de ansiedad, peligro, muerte y destrucción para el resto del mundo”. Sisi se preguntó si es posible que “1600 millones de personas quieran matar al resto de los habitantes del mundo, es decir 7000 millones, para que ellos mismos puedan vivir”.

Para los guerreros santos del Estado Islámico, de Boko Haram, Al-Qaeda, Hamas, ciertos teócratas iraníes y una miríada de otras agrupaciones igualmente feroces, la respuesta a la pregunta del mandamás egipcio es sí; en las semanas últimas, han asesinado con crueldad aleccionadora a miles de cristianos o musulmanes de la secta equivocada. Tiene razón lo que dicen: para los medios occidentales, la muerte de mil nigerianos, quizás dos, a manos de “fundamentalistas” decididos a fundar su propio Estado Islámico, ya es algo tan rutinario que apenas merece una mención en los diarios más leídos.

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