Árabes vs Árabes

No es descabellado sospechar que el plan de Obama procura derribar el régimen de Bashar al Assad posicionando ejércitos árabes contrarios al eje Teherán-Damasco-Hizbolá en el territorio sirio de donde se extirpe al Estado Islámico (EI). Si Washington no tuviera esa intención, es difícil comprender por qué su plan no contempla un entendimiento con el gobierno sirio para combatir al EI. Debería reconocerle, al menos, representar a la comunidad alauita y a las minorías cristiana y drusa, que también prefieren un poder secular antes que el sunismo religioso de la Hermandad Musulmana o el extremismo salafista.

Si Obama diera un lugar al ejército sirio en su guerra contra el EI, su plan eliminaría sospechas, aunque generaría la dificultad de acordar bajo control de quién quedarían las tierras liberadas. La habían padecido en sangrientas batallas como la de Falluja. Sin embargo, el Estado Islámico irrumpió en la opinión pública mundial y las banderas negras con inscripciones blancas flamearon en un tercio del territorio iraquí, controlando Mosul, puerta de ingreso al Kurdistán.

Damasco llevaba tiempo denunciando la bestialidad yihadistas que decapitaban y crucificaban a los soldados sirios que hacían prisioneros. Advertía también que las filas del EI crecían con combatientes llegados desde Europa y Norteamérica. Sin embargo, las potencias de Occidente parecían estar desprevenidas.

Es posible que los estrategas del Pentágono decidieran dejarlos actuar mientras el blanco principal era el régimen de Assad y recién advirtieron su error cuando los ultraislamistas regresaron a Irak y conquistaron territorios arrasando al ejército del Gobierno iraquí, a los peshmergas kurdos y a las milicias chiítas.

Esto no quiere decir que haya sido Obama quien armó a la feroz milicia. La responsabilidad norteamericana se remonta a la invasión ordenada por Bush, cuando Bremer, el enviado de Rumsfeld, desarticuló las Fuerzas Armadas de Irak, convirtiendo ese país en el agujero negro que engendró “Al Qaeda Mesopotamia”.

El plan de Obama parece inspirado en operaciones exitosas lanzadas por dos antecesores: Bush padre y Bill Clinton. Para la operación “Tormenta del Desierto”, con que se expulsó de Kuwait al ejército de Saddam Hussein, Bush logró armar una coalición de treinta países, con fuerte presencia árabe. Poco después, tras haber frenado desde el aire las limpiezas étnicas en Bosnia, Clinton logró derrotar en Kosovo al ejército de Slobodan Milosevic sin soldados en tierra, una operación área comandada desde buques en el Adriático y la primera guerra de la historia en la que una de las fuerzas no tuvo bajas en combate.

El califato ya tiene rasgos de Estado. En las ciudades que controla estableció fuerzas policiales y también la “Al-hisba”, la policía religiosa. Hay tribunales coránicos con su lunática interpretación de Mahoma

Las estructuras protoestatales del califato también administran y recaudan impuestos con notable eficiencia. Pero su brazo armado, aunque bien adiestrado y con gran poder de fuego, es una fuerza irregular. Por lo tanto, plantearía una guerra asimétrica - el tipo de conflicto en el que los ejércitos regulares se empantanan por tiempo indefinido.

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