Cuando era un muchacho y también cuando joven, mis padres me prohibían ir al bar. Para ellos era un antro, un tugurio donde se pierde la tranquilidad pues imperaba el desorden propio del garito, del cuchitril. En ese lugar el efluvio generalizado era una mezcla de alcohol, cigarrillo y otros olores mezclados con los perfumes de damiselas que atendían todo tipo de demandas y servicios, tornando el aire en algo nauseabundo. Además los negocios que se desarrollaban ahí se hacían con desfachatez. Lo que primaba era concretarlo sin que lo turbio importara al o los trujamanes de turno.

Luego de algunos años descubrí un Bar en Ibagué. Me acerqué y pude apreciar que las cosas que mis padre me habían advertido sucedían allí también. Claro, habían pasado los años y con ellos mucha de las actividades del Bar se habían perfeccionado. El nuevo Bar era medio apocalíptico. Este BAR está formado por Botero, Arciniegas y Ramírez. Es un BAR moderno, bien dotado y sin deudas.

A Boterito de niño le encantaba jugar con pitillos, los usaba para tomar gaseosa y, en ocasiones incluso sorbía el caldo. Ya grande y antes de conformar este BAR siguió con su apego a los pitillos y compró una cantidad de tubos dizque para agua. Su frustración debió ser inmensa al ver una montaña de tubos sin uso, sin que nadie pudiera sorber agua por medio de ellos. Entonces apareció Arciniegas y con Acualterno trató de redimir el infortunio de los tubos y de Boterito. Fue como su ángel de la guarda, y merced a un multimillonario contrato de hundir los tubos y llevar agua se convirtió en la esperanza salvadora. En verdad Arciniegas se quejó de haber errado en su elección profesional: “no debí ser abogado, debí ser ingeniero”, decía pero la verdad, de ingeniero no habría ganado tanto como ganó en Acualterno y no me refiero al dinero solamente sino al prestigio como ejecutor cabal y capaz.

El otro miembro del BAR es Rodríguez quien como salvavidas en campo nudista tiró soga a Botero y claro, a su principal asesor, el abogado Arciniegas. Los pitillitos de Botero siguen ahí… y el proyecto de Acualterno será demandado por el Ibal, una especie de garitero de Rodríguez, pero esto no le incomoda, su concentración está en el Golf y en mejorar su desempeño.

Desde niño Rodríguez se dedicó a jugar pool, o buchacara, como la llaman los costeños. Su afición de meter la bola en uno de esos seis agujeros de las mesas de tapete verde, lo llevó a perfeccionar “la bola loca”, la “ocho saltarín” y la “doce” de corrida. Era un diestro. Con años de práctica eso de las bolas y sobre todo las troneras las aplicó durante su administración pues la ciudad está llena de troneras, pero eso que importa: Viva EL BAR.

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