Politicaca

21 May 2016 - 5:01am

Politicaca

Publicada por
SINFOROSO VALDERRAMA
Autor:

Nunca he entendido ni me ha importado la política. Lo tuve claro desde 4º de primaria, el día en que la profesora de Historia me preguntó cuáles eran las tres ramas del poder público. Mi mente quedó en blanco, la respuesta no afloró. No recordé haberlo leído en ningún lado. Ella me lo preguntó como quien pregunta “¿Por dónde sale el sol?”. Pensé decir “visión de rayos x, súper-velocidad y vuelo”… pero la cordura me lo impidió. Lo abochornante de la escena fue que todos mis compañeritos lo sabían al dedillo, declamado como un poema rococó: “Las tres ramas del poder público son… ejecutiva, legislativa y judicial”. Yo pensé, acto, seguido: “¿De qué están hablando? ¿Cómo pueden haberse aprendido esas palabrotas? ¿Sabrán realmente qué diablos significa cada una de ellas?”

Años después, en 2º de bachillerato, en clase de algo llamado educación para la democracia, me hicieron una pregunta similarmente complicada para mi mente anti-democrática: “¿Cuáles son los 12 ministerios del Gobierno colombiano?”. Supuse que el número tenía que ver con los apóstoles de la leyenda cristiana; pero no abrí la boca. Todos respondieron bien, menos yo.

A partir de entonces, caí en cuenta de que la política y todo lo que tuviera que ver con ella no cabían en mi cerebro; que se trataba de una abstracción de conceptos y palabras que nunca entendería; pero, sobre todo, que se trataba de un universo tremendamente aburrido y anti-sexy. Tal vez los dos únicos seres en la historia que hicieron que pensara lo contrario fueron Kennedy y Clinton, por sus respectivas Marilyn y Mónica, quienes probablemente tampoco habrían sabido la respuesta a las dos preguntas que me hicieron mis profesores.

Cuando alguien entra a una conversación ya comenzada, y los conversadores no quieren involucrar al recién llegado, la frase con la que se le suele espantar es… “Aquí, hablando de política”. Es paradójico, porque, está claro que despierta pasiones y bloquea el intelecto, como el fútbol o la vida íntima del prójimo; pero nadie más allá de los politólogos y los políticos involucrados está realmente metido en ella por convicción.

Hay, en la política (y en los políticos) un aroma de escritorio, legajador, mimeógrafo, naftalina y tamal que me repele. Está en su tono telarañudo, en sus monólogos sin baches de respiración cada vez que son entrevistados en radio, en sus trajes de Lhuber, en su necesidad de imponerse, de tener la razón, de convencer a todo el mundo de que allí está la verdad de algo que ni ellos mismos disciernen. Se ve en las caras de desconcierto y melancolía de los ex-presidentes. Saben que todo fue un largo e insufrible sketch; que nadie salió beneficiado; que fue, básicamente, un trabajo sucio que alguien tenía que hacer.

Esa cosa que se inventaron los griegos platónicos antes de que los romanos se inventaran las cruces; esa cosa, la cosa política, que nunca se ha movido, a pesar de que “rige nuestros destinos”, esa que le da de comer a tanto periodista local, no es nada comparada con la perfección arbitraria de la máquina cósmica, a la cual le vale chimba quién ganó las elecciones, quién hizo fraude, quién mató a quién para quedarse en el poder.

La política, al igual que el clima, la vecina o el fútbol, no es más que un tema de conversación, uno de tantos, uno que parece algo muy serio, y … ¿realmente lo es?

Este artículo obedece a la opinión del columnista. El Nuevo Día no responde por los puntos de vista que allí se expresen.