Adiós a la compañera y amiga

Aunque no tenía las medidas clásicas de noventa, sesenta y noventa, su cuerpo si conservaba las proporciones circulares equilibradas por las que mis pasos cabalgaron muchas tardes con placer sobre su epidermis de carbonilla, sintiendo las afujías del paso del tiempo y la falta de oxígeno que congestionaba la respiración y me hacía sentir sin fuerzas para poder avanzar, mientras la gritería de los aficionados llegaba hasta mis oídos, acompañada de aplausos que me rescataban y me daban un poco de energía con la que siempre llegaba hasta la meta.

La conocí un lunes en la tarde, cuando fuimos citados por el legendario Pedro Grajales, para que conociéramos de lo que estaba hecho el tapete que nos podía conducir a la gloría. Así vimos sus entrañas de graba, la fina arena que amainaba los impactos y la red de tubos galvanizados y perforados por donde se fugaba el agua para esconderse en los intersticios de la cancha de fútbol.

No estaba terminada, parecía una mujer en ropa interior, pero pronto estaría acicalada para cumplir su papel. Así entró a mi vida y a mis sueños.

Ibagué respiraba deporte por todos sus poros. En las esquinas de los barrios se juntaban los pitchers frustrados, con los lanzadores que destruían vidrios y acosaban a los transeúntes con el impacto de bates improvisados.

En otros sitios se pertrechaban los gimnastas que hacían gritar a los espectadores ante los saltos tremendistas de figuras que caían sobre las colchonetas y se levantaban de inmediato apretando el ceño para no llorar. También estaban los luchadores olímpicos que trababan un encarnizado combate hasta doblar contrincantes sobre los omoplatos y recibir el aplauso como única y gran recompensa.

Eran los meses previos al inicio de los IX Juegos Atléticos Nacionales. Los escenarios comenzaban a erigirse sobre el cielo azul de los veranos y el Estadio, que por entonces se llamaba San Bonifacio, experimentó una profunda remodelación que lo dejó como una taza de plata con capacidad para dieciocho mil espectadores y allí, bordeando la cancha de fútbol estaba ella, orgullosa y presumida exhibiendo sus ocho carriles muy bien delineados.

La semana anterior fui invitado por Indeportes para que la viera por última vez. Tenía el semblante de toda mujer aporreada por los años, sin embargo la vi digna en medio de todo. Unos infantes competían y a un puñado de atletas que habíamos sembrado de sudor su piel, nos entregaron un diploma de reconocimiento.

Me sentí nostálgico, la miré de soslayo y salí sin despedirme. Solo ahora lo hago y le digo adiós a mi compañera y amiga, esa pista atlética cómplice de mis sueños y frustraciones juveniles.

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