“Pocalucha”, el gladiador de la vida

Hernando González hizo de su periplo por la tierra, un desafío permanente a la formalidad y a esa sociedad pacata, que jamás le perdonó su actitud de rechazo al localismo chovinista y a esas “buenas costumbres” de las que se burlaba con fina ironía y también con humor corrosivo. Por eso su desaparición el pasado 15 de enero, no fue noticia para la mayoría de medios de comunicación.

En los años setenta, con Mario Lafont y Carlos Castillo formaban un trío de mosqueteros dedicados a la bohemia, que fueron cuatro, con Hugo Ruiz y mientras cultivaban expresiones artísticas unos naufragaban en mares etílicos y Hernando consumía ritualmente los efluvios de la cannabis que traía de Rovira y lanzaba una hipótesis para que la tertulia se enganchara en la discusión.

“Pocalucha” había estado una temporada en los Estados Unidos, donde aprendió el idioma inglés y cuando regresó sentaba cátedra frente a los medrosos profesores de bachillerato, que solo conocían New York por las postales de los textos académicos.

En Bogotá había experimentado con el cine, la fotografía, y la televisión, y lo contaba con naturalidad, y no acudiendo a su capacidad oratoria, sino con las evidencias de viejos recortes de periódicos nacionales, donde efectivamente figuraba, no solo su nombre, sino su rostro y hasta las fotografías que había expuesto en galerías capitalinas.

No supe quien le endilgó el remoquete de “Pocalucha”, más que un epíteto, era una metáfora a su real condición de luchador permanente. Lo que sucede es que él siempre se preciaba de no haber tenido nunca un empleo, mucho menos oficial. Su vida laboral la había consumido en la lectura, en las charlas, las tertulias, y la visita a amigos y conocidos, a quienes acostumbró que su sola presencia era un aviso de que debían comprarle un CD grabado artesanalmente, un cuadro de Keko, un pintor bogotano o un libro de pasta avejentada que él ponderaba por la calidad del papel, los tipos de las letras o el contenido de los párrafos.

Murió Hernando González en esta ciudad, cuya historia melódica conocía al detalle y los músicos guardaron silencio. Murió “Pocalucha” y los asistentes a sus disertaciones se escondieron al paso del féretro. Murió un artista y los medios de comunicación hablaron de otras cosas. Murió un ser humano íntegro y consecuente con su postura de iconoclasta y la ciudad vio pasar un entierro más, mientras Carlo O, Jackie, Benhur, Héctor y un menguado grupo de ibaguereños sentimos que esta ciudad ya no volverá a ser la misma sin el rostro enjuto, los cachivaches del rebusque y el paso cansino de Pocalucha, un verdadero gladiador de la vida.

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