Se llama Rigoberta Menchú y está entre nosotros

Mi primera noticia de Rigoberta Menchú data de finales de 1984, cuando recibí un paquete que contenía los Premios Casa de las Américas del año anterior.; allí venía un libro en rústica y carátula amarilla, escrito por Elizabeth Burgos Debray “Me llamo Rigoberta Menchú”, en sus cuatrocientas páginas se contaba el relato de vida de una indígena guatemalteca de la etnia de los Quiché, la misma que ocho años después obtendría el Premio Nobel de Paz 1992.

Desde el primer capítulo me impactó pues afirmaba que “quisiera dar este testimonio vivo que no he aprendido sola, ya que todo esto lo he aprendido con mi pueblo”. Y efectivamente la obra es un recorrido por el recuerdo fresco de una existencia llena de privaciones, marginalidad e intolerancia, alumbrada siempre con la fe inquebrantable en poder algún día reivindicar a su comunidad y lograr una convivencia plena con la naturaleza, que reconoce como una especie de su alter ego y con la que se debe interactuar respetando siempre sus leyes.

Los primeros años de vida de Rigoberta están marcados por el afán del aprendizaje y la necesidad de la subsistencia en un mundo que niega al otro, al indígena, al que despoja de la tierra y lo confina a vivir en la miseria. Desde los cinco años tiene que trabajar para completar la cuota familiar que le exigen en “La finca” espacio del terrateniente en el que tiene que laborar por temporadas, para luego regresar a su humilde vivienda y pernoctar allí, con sus padres y sus seis hermanos, dos de los cuales mueren de inanición.

La nobel de paz fragua su conciencia política en el trípode espacial de la finca, el altiplano y la montaña. Se convierte en catequista, pero pronto abandona esta condición y se sumerge en la organización indígena y campesina y como rechazo a ese marginamiento que ha recibido “hasta lo más profundo, lo más hondo de mi ser” decide participar en la lucha contra los terratenientes y el gobierno, no sin antes aprender el castellano para conocer mejor al enemigo.

La represión no se hace esperar. Es perseguida. Un hermano de dieciséis años es quemado vivo frente a la comunidad; su padre es también asesinado con fósforo blanco en la toma cruenta a la embajada de España y su madre es secuestrada y asesinada por las fuerzas armadas. Ella sale para el exilio en México e inicia su campaña mundial en defensa de su etnia y de la mujer en general.

Hoy se encuentra aquí entre nosotros para hablar de paz y de las luchas femeninas. Hoy, al escuchar su voz, terminaré por comprender lo que significa llamarse Rigoberta Menchú Tum.

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