¿Quién da más?

Mientras en esta temporada de luces repetimos como un mantra -y con poca convicción- que “dar es mejor que recibir” y con cara beatífica entregamos limosnas de cien pesos en los semáforos, los multimillonarios gringos nos sorprenden con su desprendimiento: Bill Gates (de Microsoft), con US$76.000 millones de capital, reitera que: “No es una buena idea dejar todo el dinero a mis hijos. No sería bueno ni para ellos ni para la sociedad… Mis hijos tendrán que trabajar, pero tendrán lo suficiente para poder cuidarse de sí mismos”. Y, de esa manera, planea legar su fortuna para ayudar a combatir la pobreza y las enfermedades. Ya ha donado 30 mil millones.

Warren Buffett (Berkshire Hathaway), US$58.000 millones, ya donó el 80% de su patrimonio a una fundación para la misma causa. “Hay que devolver a la sociedad lo que nos ha dado”; porque no cree en “dinastías de millonarios”; porque “hay más de un camino para llegar al cielo, pero este es uno de los mejores”, y porque “si el dinero no sirve para compartirlo con los demás, entonces ¿para qué sirve?”. Los hijos de los magnates: sumisos.

Esta fiebre filantrópica en EE.UU., que tiene antecedentes: Carnegie, Rockefeller, Mellon, se volvió contagiosa y, además, competitiva. Todos quieren dar más, y los benefactores no son ancianitos decrépitos que ya no disfrutan la plata ni se gozan “Playboy”, no, cada vez hay más jóvenes ricos en este plan: Mark Zuckerberg, de 30 años, creador de Facebook, US$30.000 millones en activos, dona mil millones como si regalara chicles.

¿A quién beneficia esta generosidad? Universidades, hospitales, centros de investigación, niñez, organizaciones humanitarias, museos. Y fundaciones sin ánimo de lucro, que allá sí se crean para causas loables y no para evadir impuestos.

Hace 35 años hubo en Ibagué un admirable gesto de desprendimiento y altruismo ciudadano. La hoy exitosa Universidad de Ibagué se fundó contando sólo con la voluntad de un grupo de visionarias personas que deseaban el progreso de la ciudad. Adquirido el terreno, las primeras aulas se erigían con dificultad, y cuando al final de la semana no había dinero para pagar trabajadores, algunos de los fundadores sacaban plata de su bolsillo, o de la caja registradora de su negocio. Cumplieron un sueño, Ibagué avanzó.

No se trata de regalar dinero por regalarlo, es solucionar problemas locales, es construir sociedad, es renunciar un poco al enfermizo apego por el dinero y conciliar la ambición personal de riqueza con la calidad de vida de la ciudad. Es amortiguar la desigualdad.

Alguien preguntó a sor Teresa de Calcuta qué tanto debería dar de su fortuna para sentirse feliz, y ella respondió: “Da hasta que te duela, y si te duele mucho, da más”. Aquí usamos una frase para tasar a un pudiente: ‘Está podrido en plata’. Difunto, seguirá igual, pero sin cinco.

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