Inagotable mina de oro

Desde el siglo pasado emprendedores con ideas pero sin plata pregonan, con razón, que el Tolima posee todos los escenarios naturales, climáticos y socioculturales para hacer de la actividad turística sostenible un generador de desarrollo regional. Y foros, seminarios y ‘botaderos de corriente’, perdón, ‘think tank’, concluyen que el trabajo en este sector debe impulsarlo una dinámica política regional planificada, armonizada y concertada y no, como hasta ahora, pequeños y aislados proyectos. Pero claro, este sueño necesita dirigentes comprometidos para hacerlo realidad.

Hay ricas vetas para explotar en nuestra topografía, clima y cultura: turismo ecológico y montañismo; de salud (baños termales, helioterapia, clínicas); náutico (ríos y represas); deportivo; de cultura tradicional y de espectáculos (fiestas de folclor, conciertos); religioso (celebraciones tradicionales); rural (fincas y haciendas); histórico (arquitectura y ciudades); turismo alternativo (contacto con la naturaleza y las comunidades autóctonas); de variedad gastronómica (los turistas nunca dicen tener colesterol ni triglicéridos altos); turismo negro (mostrar donde acribillaron a “Sangrenegra” y a Tulio Varón). Y turismo pobrista: viajeros ricos europeos –¿con remordimientos coloniales?- pagan bien por ver cómo viven los pobres más pobres en países tercermundistas. Casi todo está inventado en negocios turísticos y existe una política nacional y unas instituciones a dónde nuestros dirigentes podrían acudir en busca de apoyo. Hoy, Colombia es un destino recomendado y crece el flujo de turistas con monedas duras; también nos favorece una de nuestras más cacareadas y nunca bien utilizadas fortalezas: estamos en una posición geográfica privilegiada y en medio de las áreas más pobladas del país. Sólo nos falta mostrar nuestro ímpetu Pijao, rescatar el ancestral emprendimiento y labia paisas y, obvio, buscar plata -como lo hacen los dirigentes antioqueños- para crear y complementar la infraestructura requerida.

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