La verdad como profesión

Hoy es el Día de la Libertad de Prensa y muchos ‘honorables’ personajes de cuello blanco que delinquen por herencia familiar, amparados en sus apellidos y posición burocrática, o por codicioso apetito político, todos con ínfulas de dictadorzuelos liliputienses, seguramente quisieran que en la puerta de los medios independientes de comunicación se colocara una placa que advirtiera: ‘Recuerden siempre que ejercer un periodismo responsable, veraz, y comprometido con la comunidad, es peligroso para la salud’.

Porque tener hoy el valor de denunciar con nombres propios violaciones a los derechos humanos, defender el medio ambiente de dañinos depredadores, desenmascarar corruptos, develar prácticas mafiosas del crimen organizado en alianza con venales funcionarios, poner en evidencia el sistemático saqueo de los dineros del Estado -fechoría que trunca el sueño de millones de colombianos de tener una vida digna-, necesita, además de libreta, grabadora, cámara y lápiz, un chaleco antibalas.

La integridad física de periodistas, reporteros y corresponsales tiene riesgos ciertos: En el período comprendido entre 2000 y 2014, fueron asesinados 56 comunicadores colombianos. Esta cifra tan solo es superada por la de México, con 81 sacrificados. Son cotidianas las agresiones contra quienes no temen llamar las cosas por su nombre: amenazas, extorsiones, intimidación a sus familias, lo que obliga a muchos a callar o exiliarse.

En cuanto a los medios sociales de información serios, éticos, que desenmascaran pícaros y dicen verdades, y que no funcionan como un traganíquel: ‘moneda echada, loa cantada’, las presiones de alto nivel, la coerción con el retiro o recorte de la pauta publicitaria, la obstrucción al ejercicio periodístico, las reiteradas demandas judiciales en regiones donde la justicia cohabita con la corrupción y la politiquería, son armas que utilizan para inducirlos a la autocensura.

Con detención de directivos, confiscaciones, monopolios estatales, leyes mordaza, prebendas o terror, en todas las épocas y países los poderes del Estado han querido manipular los medios y las investigaciones y mensajes que estos transmiten a la gente, en beneficio político o para encubrir sus picardías, crímenes y falencias.

En países vecinos con gobiernos de vocación autoritaria o dictatorial, se aplican hoy estos expedientes con desmedido rigor para silenciar las críticas en la medida que se deteriora la democracia, se agudizan los conflictos sociales y se hacen más violentas las manifestaciones públicas.

En el Tolima, debemos exaltar la trayectoria de EL NUEVO DIA por el ejercicio permanente de un periodismo vertical. Desde su fundación, ha sufrido todos estos avatares y salido indemne de los intentos para acallarlo liderados por gamonales que con su verborragia corrompieron generaciones y sembraron los vicios politiqueros que nos agobian. Ayer y hoy, este diario sirve de vacuna, de muro de contención a los abusos del poder.

Alegrémonos de que continúe diciendo a los poderosos lo que no quieren oír.

Comentarios