“¡Basta de obras! Queremos promesas”

Cuentan que esta mordaz exigencia aparecía en una pancarta durante una manifestación en un municipio al Sur del país, de gente que pedía -otra vez, y en víspera de elecciones- la terminación de la planta de tratamiento de agua y acueducto para sus hogares. La obra llevaba 12 años en construcción y gastaba una porción apreciable de regalías petroleras en estudios, consultorías, asesorías, ajuste de planos, contratos, contraticos, y viáticos.

Cuando el ciudadano sufre por la inacción, ineficiencia de los administradores públicos, o por sus malas acciones, surge el humor negro que es válvula de escape que aminora el malestar social y los estallidos de violencia. Pareciera que el subconsciente colectivo ironizara, haciendo pensar que las promesas al menos mantienen vivas las ilusiones y los sueños y son menos dañinas que la dura realidad engendrada por la ‘gestión’ de los torcidos dirigentes elegidos.

Si no fueran tantas las calamidades sociales que causa el incumplimiento inmemorial de promesas hechas en campañas electorales, resultaría hasta divertido el sainete montado por candidatos de variopintas facciones cuyas ‘ideologías’, al final, resultan coincidentes: intereses personales, codicia.

Si se leen los discursos de hace 50 años, las promesas populistas y los vagos compromisos, son los mismos hoy: “El pleno empleo es mi bandera”; “Impulsaremos las obras públicas en todos los rincones de la ciudad”; “Les prometo luchar por seguridad, educación y salud para todos”; “En mi administración, los corruptos irán a la cárcel”; “Orden y seguridad en las calles desde el primer día de mi mandato”; “No habrá espacio para ‘roscas’ en mi administración; “Cuando votas por mí, votas por tu familia”. Si los candidatos fueran Pinocho -al que le crece la nariz cuando miente- andarían en zancos.

Cosa curiosa: Desapareció una tradicional promesa en los discursos: “Daré continuidad al trabajo adelantado por mi antecesor, optimizándolo al máximo”. ¿Imaginan la corrupción optimizada a un nivel de excelencia?

Fue un político de extrema derecha, convertido en monje, quien en un rapto de arrepentimiento definió la profesión de la que abjuraba: “La política es el arte de obtener el dinero de los ricos y el voto de los pobres con el pretexto de proteger a los unos de los otros.” Al cielo no irá.

Preparémonos para asistir al estéril pero inefable espectáculo de oír cómo se prometen imposibles. Recuerdo que en Honda un aspirante remató su enardecido discurso delirando: “Voy a recuperar el futuro”. ¡Todavía debe estar buscándolo!

Ojalá los postulantes criollos tuvieran las agallas de una novel candidata en Bélgica: prometió hacerle sexo oral a quien votara por ella. ¡Rotundo éxito! El sabor de la victoria electoral fue de cuatro mil 500 votantes. Aquí, en cambio, el señuelo es un exiguo plato de lechona grasosa, sin garra, un masato, y el alboroto de tres vallenateros cordillerunos en una sede política.

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