¿Quién sabe más sobre su vida?

Se equivoca, no es su mamá. Aunque solo ella sabe que usted durmió 25 años, hasta la víspera de casarse, abrazado al osito de peluche regalo de la abuela en su tercer cumpleaños. A quienes en verdad conocen todo de su existencia: dirección física y electrónica, teléfonos, Rh, identificación biométrica, trayectoria educacional, credulidad, gustos, vicios, inclinación a aparentar, debilidades, esnobismo y veleidades de su ego, usted no los ha visto ni verá jamás, pero se lucran con las facetas de su personalidad, son los colectores de Bases de Datos.

Hay quienes consideran una intromisión en su intimidad personal que les pidan la hora, pero si se trata de rellenar un extenso formulario web para que el garoso almacén de precios inflados les devuelva $1 por sus compras, incluyen hasta el cumpleaños del perro.

Y cuando voluntariamente suben su perfil a las redes sociales, inician con el árbol genealógico, deportes, comidas y bebidas preferidas, sus desdichas, los (malos) olores que los excitan, en qué despilfarran su dinero, fotoshop’s de la familia, todo con acceso abierto a miles de ‘amigos’. Las redes son hoy “el parche”, el confesionario moderno.

Cuando se instaló un poderoso software en la entidad recaudadora de impuestos, un funcionario bromeó: “Con esto, no sólo vamos a saber cuánto ganan los colombianos, sino hasta que comen.” No exageraba. Con acceso a toda la red, ahora resulta más fácil disimular un embarazo de nueve meses, que escamotearle ingresos al fisco. ¡Tienen datos a granel!

Si agregamos la prolija información que exigen ciertas embajadas para considerar la caridad de una visa; la confesión a los bancos para el crédito de vivienda; los exámenes médicos para obtener el pase, que desnudan todas la taras; los datos al colegio para ver si el pedigrí califica para la admisión del hijo, y la perversa tentación de los gobiernos a espiarnos sin consentimiento, no lo dude: alguien sabe más de su vida que usted mismo…y que su madre.

Billones de terabytes en información, susceptibles de ser sustraídos, vendidos, compartidos y utilizados con fines mercantilistas –como ocurre hoy-, estimulan un tráfico que crece.

En un mundo globalizado que manipula la gente a través de la TV y otros medios masivos que nos alienan y conducen como manada de borregos al consumismo, que nos dicen qué chatarra comer, qué botella de cola destapar para tener ¡la felicidad!, qué moda lucir, qué ‘marcas’ usar, cómo entretenernos, de que baratijas presumir, qué pomada nos rejuvenece, ¡ja!, corremos el riesgo de ser esclavizados por los explotadores del inmenso poder de información de esas bases ordenadas y selectivas.

Para no terminar con un chip incrustado en, salva sea la parte, o exhibir un código de barras en la nuca, deberíamos ser más celosos con nuestra privacidad y darle mayor espiritualidad a la vida.

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