¡Lo prometo todo!

En gracia a la brevedad y síntesis de seculares engañifas retóricas, ésta debería ser la única frase que pronunciara un politiquero en sus discursos cuando persigue con avidez los votos. Así, minimizaría la insolación y aguantadas de hambre de los incautos ‘seguidores’ traídos a la brava o con estímulos baratos desde veredas y barrios pobres para simular que al candidato lo rodea el pueblo. La vaga promesa también les permitiría evadir responsabilidades al final de un mandato.

Lo satiriza un viejo bambuco: “..aparecen en elecciones/ unos que llaman caudillos,/ que andan prometiendo escuelas y puentes donde no hay ríos/..”. Da la impresión de que de verdad creyeran que si una mentira se repite lo suficiente, acabará por convertirse en realidad. Al final, sin visión de futuro, sin planes ni proyectos realistas para reparar el escabroso camino que recorremos, discursos y ofrecimientos son pura paja.

Y no es que falten propuestas constructivas. Alberto Bejarano Ávila hace rato viene propugnado por un cambio de las mañas políticas en el Tolima, socializando ideas y proponiendo acciones y proyectos realizables para construir región, recuperar los valores, generar desarrollo y cambiar la historia regional. Es una voz reflexiva en este desierto de inacción. Deberían consultarlo.

Las mentiras que evolucionan con tecnicismos y ofertas utópicas, las aviesas ‘maquinarias políticas’, la manipulación de las elecciones, la feria de votos y trashumancia de votantes, la guerra sucia entre candidatos, convierten cada fecha electoral en una fuente de frustración para los ciudadanos, porque la corrupción persiste y el país se deteriora física y moralmente.

Urgen dirigentes con vocación de servicio, con proyectos, que se ganen el respeto y la veneración de los ciudadanos por su carácter y honestidad, y cuya sólida formación académica y experiencia los capacite para trazar un derrotero hacia una sociedad justa y próspera. Pero aquí, la mayoría tiene más codicia que inteligencia, más intereses personales que sensibilidad social.

La escuchada expresión ¡Es que no hay por quién votar! hace pensar de los políticos como en una de esas raras enfermedades cuando las defensas del organismo se convierten en sus atacantes y lo destruyen.

Henry-Louis Mencken, escéptico, librepensador y crítico social -facetas aquí escasas y reprimidas desde el estatuto de seguridad de Turbay, una temerosa época en que los medios popularizaron el vocablo ‘presunto’ aún para el defraudador comprobado de cuello blanco o para el ladrón que se quedó dormido en la bóveda de un banco-, escribió el siglo pasado:

‘Qué es una campaña política sino un esfuerzo concentrado para quitar a un grupo de políticos que son malos, y poner a otros que se cree que son mejores. La primera conclusión, es atinada; la segunda, es ciertamente falsa. Porque la experiencia nos ha enseñado que un buen político, en la democracia, es tan impensable como un ladrón honesto”

De todo este populismo electoral, se infiere que si los gatos tuvieran elecciones, sería la época cuando repartirían queso entre los ratones.

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