¡Es como de la familia..!

Hace unos días, un alma compasiva descubrió -y denunció- que una maltrecha ‘muchacha’ abandonada de 83 años trabajó sin sueldo durante 35 años como empleada doméstica de una encopetada familia antioqueña. Y, cuando reclamaba su platica, le respondían: ¿es que la comida y la dormida no valen?

La ilusoria promesa de que estaba en proceso la venta de una de las fincas para pagarle, murió simultáneamente con la patrona. Ahora, con lo que le salen a deber, los herederos van a tener que cambiarle personalmente los pañales a la viejita. Si hay justicia, claro.

Es rentable tener gente que trabaje gratis. Hace pocas décadas, terratenientes y caciques políticos aceptaban ser padrinos de cuánto infante pobre les pusieran enfrente, y a cambio de palmotearle la cabeza al ahijado, darle un peso de vez en cuando y entregarle la ropa usada de los hijos, tenían a disposición familias sumisas para usar como mandaderos y criados baratos en sus propiedades y campañas. Contadas excepciones hubo en que el padrino educó al ahijado y cambió para bien su destino.

Volviendo al tema, por el invaluable aporte de las muchachas de servicio doméstico a las familias, se les debiera aplicar, justo sería, la frase del inglés: “Nunca tantos debieron tanto a tan pocas”. Un gremio valioso que ha sido vejado y menospreciado sin misericordia y llamado despectivamente: criadas, fámulas, mucamas, mantecas, sirvientas, guisos, dentroderas, o indias patirrajadas cuando la patrona perdía la chaveta por un vaso roto.

Cuando aún no existían jardines maternales, guarderías, ni parvularios, fueron ellas dedicadas niñeras que ayudaron a criar, inclusive a amamantar, muchas generaciones de niños, sin horario ni días de descanso. Por pura necesidad aguantaron la lengua insultante y los golpes de la señora y, si eran jóvenes, las embestidas de maridos febriles, las incursiones nocturnas de adolescentes alborotados, y los calificativos de glotonas, ladronas y chismosas.

Los desplazamientos violentos, el abandono estatal de la familia campesina, el maltrato infantil en entornos de miseria, hacen que el país tenga una oferta grande de indias, afrocolombianas y jóvenes de áreas marginales urbanas, sin oportunidades, población vulnerable que sólo tiene cabida en el empleo informal. Hay tantas, que hasta las exportamos: se ven compatriotas cincuentonas trapeando pisos en los grandes almacenes de la Quinta Avenida en New York, o jóvenes en Europa cuidando longevos incontinentes cascarrabias.

Algo ha cambiado: ya no remiendan medias, no se dejan montar bata, delantal y cofia, no comen de últimas, no le dicen ‘niño Felipe’ al derrotado cuarentón que no quiere irse de la casa, ni toleran abusos de los patrones. Reivindican sus derechos.

Lo civilizado es pagarles lo justo. Si no lo hace, esa ingeniera de servicios domésticos a quién usted tanto dice querer y que ladinamente pregona que ‘es como de la casa’, se puede quedar con ésta, si tras 20 años de trabajo descubre que le hizo conejo en la liquidación de salarios y prestaciones.

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