Respuesta a la barbarie

La mayoría de la población de este mundo del Siglo XXI pensaba que la barbarie promovida por los estados había sido relegada a los libros de historia. Llegamos a pensar que este tipo de sadismo era parte de una cultura de otras épocas, como la de los romanos, las cruzadas, el esclavismo afroamericano o si acaso del nazismo. Todos los crímenes que marcaron estos oscuros episodios de épocas de maldad fueron perpetrados de la mano de los gobiernos demenciales que los acompañaron.

Entre los miles de ejemplos macabros de un tiempo ya ido –supuestamente- de atrocidades humanas está el conde Drácula, más conocido como el ‘Empalador de los Cárpatos’. De este monstruo se sabe que gozaba contemplando las torturas, descuartizamientos y empalamientos que llevaban a una muerte lenta y agónica a sus víctimas. Para erradicar la pobreza, invitó a comer a miles de mendigos y luego les prendió fuego.

Fue necesaria la aparición del llamado Estado Islámico (EI), que en la práctica ni es estado ni muy islámico, para que se pusiera en evidencia nuestra propia miopía sobre el estadio de evolución humana en que nos encontramos. Estos nuevos depredadores nos llevaron de regreso a nuestra vergüenza infinita como especie que habita el planeta tierra. Sus asesinatos, cada vez más despiadados y masivos, degollando y quemando vivos a otros seres humanos, nos prueba que la bestia que alberga la humanidad sigue viva.

No es raro entonces que Occidente haya empezado a tomar medidas, y ojalá esta vez no se equivoque. De una parte Francia desplegó este lunes 21 de febrero un ataque contra el EI, desde su portaviones Charles de Gaulle. Casi al tiempo, el Secretario de Defensa de los EE.UU., Ashton Carter, se acaba de comprometer ante el mundo a derrotar definitivamente al Estado Islámico. Carter, hizo tal declaración en una base norteamericana de Kuwait, donde se analizó la campaña aérea contra los yihadistas.

Pero, aunque la barbarie no se puede enfrentar a corto plazo con campañas culturales, con negociaciones, ni admoniciones filosóficas, sino con el ‘poder coercitivo’, esto no significa que la solución de largo plazo no sea de un cuidadoso manejo ético.

En el origen del problema de la radicalización de grupos de seres humanos que se vuelven terroristas, hay mucha injusticia y miseria. Nadie duda de la barbarie y discriminación contra los pueblos islámicos, ni de las torturas que Occidente ha tolerado en Guantánamo, que han propiciado el terror. La respuesta a un verdadero camino de paz de la humanidad quizás pasa por un verdadero fortalecimiento de instituciones como: la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Fuerza disuasiva sí, pero ética también, empezando por no estigmatizar a los musulmanes.

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