La guerrilla ensañada con los más débiles

Cuando las fieras debilitadas salen a cazar buscan a los más débiles de la manada, para saciar su hambre o su rabia. Eso mismo está haciendo la guerrilla al ensañarse con un millón de habitantes que habitan en pueblos de Nariño, Cauca o Putumayo.

A los derrames de crudo, que dañan de manera tan perversa el medio ambiente, que incrementan el hambre y la miseria de cientos de miles de desvalidos compatriotas, se une ahora el asesinato de policías en labores cívicas.

Por supuesto que estas acciones claman justicia del cielo y, de alguna manera, la están recibiendo. La última encuesta de Datexco la semana pasada, antes de los asesinatos del comandante de la policía de Ipiales, de su compañero y de un civil ajeno a las armas, indica que el 81.6 por ciento de la opinión pública no cree que las Farc tengan voluntad de paz.

La guerrilla perdió desde hace muchos años la posibilidad de acceder al poder por las armas, debido básicamente a su falta de acompañamiento popular. Nadie duda de que el sentimiento popular era mucho más favorable a ella en los años sesenta, cuando hasta un aristócrata de raíces tolimenses, Alfonso López, hacía apología de la revolución (MRL). Pero la falta de misericordia con el pueblo agotó esa naciente simpatía, que en la marcha anti-farc de febrero de 2008 se evidenció como visceral rechazo.

Pero aunque los colombianos somos dados a juicios extremos y a soluciones draconianas, quienes apoyan una solución de exterminio de la guerrilla saben que mucha agua mezclada con sangre y petróleo (como la que ha corrido estos días) pasará todavía debajo de los puentes antes de liquidar la guerrilla.

Y, por supuesto, a ellos no les importa pagar ese precio, porque no sale de su bolsillo; tampoco, desde luego, aportan la sangre, ni su comida tendrá por años sabor a petróleo.

Según la ley de la ‘sociedad civilizada’, esos crímenes despiadados de la guerrilla debían pagarse con cárcel y punto. Pero esas mismas leyes nos llevan a proteger en un momento dado la vida de los más débiles de la sociedad.

La concertación humanitaria de esta disyuntiva política, aprobada por la democracia visible (contada en urnas), es perdonar la vida y ofrecer penas alternativas a los ‘criminales’, si aceptan parar sus crímenes para siempre; con esto salvamos cientos de miles de vidas inermes.

Las contraprestaciones a la guerrilla son dos básicamente: la sociedad les suaviza la dura ley y respeta su vida; además, les ofrece la posibilidad de seguir su batalla ideológica, pero luchando por vía democrática.

Es una propuesta razonable desde el punto de vista humanitario. Ni la guerrilla ni la sociedad podemos dejar en este punto que la solución esté en despiadados guerreristas.

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