Ibagué y sus ocobos

Caminar por estos días las calles de Ibagué es andar la ruta de lo bello, es ver el esplendor de un actor especial en el paisaje urbano, el Ocobo, árbol insignia de la ciudad, que regala gratuitamente y para todos el espectáculo de sus frondas coloridas. El Tabebuia rosea, apreciado por la industria maderera, de vida prolongada, fue traído a la capital del Tolima desde el siglo pasado, y precisamente, encontró en sus tierras las mejores condiciones para quedarse. Con el tiempo, se ha convertido en un apreciado valor cultural, ingrediente importante de la identidad de los ibaguereños, presente en sus parques y avenidas.

Los ocobos se engalanan con sus florescencias, precisamente para la época de las festividades folclóricas, como queriendo decir “¡presente!, nosotros también nos ponemos nuestro mejor traje para la ocasión”.

Son muchas las cosas agradables que se pueden decir de este imponente árbol, pero, como enaltecimiento a su presencia, vale recordar un verso del poema ‘Maravilla’, que Rafael Humberto Lizarazo le dedica: “Cuando el Ocobo florece / todo el pueblo es alegría / el corazón se enternece, se va la melancolía”.

Dado el justo reconocimiento que se ha ganado en la ciudad, todas las autoridades, juntas de acción comunal, instituciones educativas, asociaciones civiles, congregaciones religiosas, deben comprometerse en intensificar su presencia, aprovechando a la vez la ocasión para convertirla ciudad en un municipio verde, amigable con el medio ambiente, retomar la sensibilidad de los seres humanos hacia la protección de los recursos naturales que nos quedan, y antes que aniquilarlos, buscar su rescate, comenzando por el repoblamiento de las cuencas hídricas.

En la actualidad el mundo está pasando por diversas crisis, no hay prácticamente un aspecto de la vida que no esté siendo cuestionado, pero, sin duda, el más grave y amenazante desequilibrio lo está mostrando el planeta. Es tan complicada la situación que sucede con la casa de todos, que el mismo Papa Francisco, en un hecho inusual, decidió apropiarse del tema y compartió su encíclica“Laudato Si”, en la que se refiere al comportamiento suicida de un sistema económico mundial que ha convertido el planeta en un depósito de porquería, con un estilo de vida consumista compulsivo insostenible y un liderazgo insensible.

Resalta la urgencia de que entremos en una revolución cultural, en una búsqueda angustiosa de hacer algo para evitar el desastre inminente.

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