En la medida en la que las ciudades crecen y se hace más compleja la movilidad se hace imprescindible el establecimiento de parámetros y condicionamientos, de cuyo cumplimiento depende, entonces, la viabilidad y comodidad del conglomerado.
A lo anterior se suman elementos como la preservación de un ambiente habitable lo que obliga a complementar con estrictas restricciones circunstancias como la expedición de gases y el ruido de las bocinas y escapes.
Finalmente y por razones de racionalidad económica deben establecerse ordenamientos relativos a vehículos, obsolescencia y edad de los mismos.
De otra manera el funcionamiento de una comunidad se ve constreñido, la competitividad amenazada y la comodidad afectada.
En Ibagué con la participación de la Universidad Nacional se realizó, hace ya varios años, un completo estudio, que luego fue actualizado, sobre las particularidades del transporte público.
Los avances en la aplicación de las recomendaciones del estudio han sido muy menguados y el caos crece con los días.
El programa de ciudades amables por medio del cual la capital del Tolima daría un salto cualitativo en las modalidades de transporte público continúa siendo una ilusión, por lo que debe procederse a tratar de remediar lo que está al alcance de la ciudad, sus autoridades y sus habitantes.
No resulta racional que haya más de 500 buses y busetas en exceso de las necesidades rodando desocupados por las vías con los consiguientes trancones, ruidos, contaminación y desperdicio.
No debe permitirse el trasegar de modelos obsoletos y con combustiones deficientes que sólo contaminan y ensucian. Debe exigirse a los conductores el cumplimiento de los reglamentos que incluye detenerse sólo en los paraderos, el no parar en las intersecciones viales y respetar las señales de tránsito.
Mientras se consigue el ideal hay que recuperar la viabilidad de la ciudad con los elementos disponibles.
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